El miedo y la autocensura
Desde hace un tiempo se ha planteado el debate de si la escritura es un mero oficio o si es, en sí misma, acción transformadora. Esto nos devuelve a la pregunta primigenia: ¿por qué escribimos? Para contar historias, desde luego, pero decirlo así, con tal contundencia y simplicidad, puede suscitar en muchos la idea de que la literatura solo es entretenimiento.¿No deberían los escritores perseguir fines más nobles y trascendentes? ¿Qué hay de los grandes proyectos, de la búsqueda a través del lenguaje de los temas que por siempre han afligido al hombre?
No pretendo zanjar el debate con mis ideas particulares. Esto, en realidad, no es más que una provocación para el lector —decida usted y no espere declaraciones dogmáticas en lo que resta de artículo— y una forma de decir que entre las diversas estirpes de la fauna literaria están los que opinan que toda escritura es un acto moral, una toma de postura. Supongo que hay algo de verdad en eso porque desentenderse del mundo y de sus predicamentos es tarea vana incluso para un hikikomori que ya no ve noticias ni lee el periódico pero que da consejos de escritura. Que detrás del acto de tomar la pluma esté implícita una visión personal de la realidad no equivale a decir que todo cuento, novela o personaje es una declaración de principios. Y, sin embargo, esto que me parece tan evidente suele no serlo a los ojos de muchos críticos y lectores. Lo que es peor, el miedo a dar una imagen equivocadade uno mismo —o mostrarse tal y cual se es sin el velo de las expectativas— suele imponer cotos sobre la creación y a este cerco se le conoce como autocensura.
Mientras escribo esto recuerdo que el terror a decir ciertas cosas y a plantear situaciones que nos son incómodas no parece propio de la época actual. Hoy en día, en las sociedades democráticas, como en la que redacto estas palabras, se flamea la bandera de la libertad de expresión como nunca antes. El miedo al lenguaje, se nos dice, es cosa del pasado o de los totalitarismos. No escribo desde la Rumanía de Herta Müller que la llevó a afirmar que «cuando nos callamos nos volvemos desagradables», que imponía normas sobre lo que podía o no decirse. Ni siquiera desde el Estados Unidos puritano que mandó a juicio a Nabokov por el escándalo que supuso la publicación de Lolita. Transcurre el 2016 y la habitación en la que escribo, en la que me he dado el lujo de recluirme, está situada en el corazón de una ciudad occidental y libre donde los discursos ya no son censurados, a menos que sean incorrectos.
El discurso incorrecto. La piedra de toque de nuestras sociedades modernas. He aquí una píldora, querido lector: a cada época le corresponde una narrativa social, un relato preponderante. Hay quienes dedican su vida a combatirlo o a creer que lo hacen y otros a ser complacientes, ya sea por genuino convencimiento o por la comodidad que ofrece la vida dentro de unos márgenes bien delimitados. También están los que aceptan y replican este discurso por el miedo a ser parias en un mundo que exige actuar de cierta manera. Y, desde luego, no faltan jamás los que lo aceptan todo por los deseos de entrar a un círculo cultural cuya cuota de inscripción es tener y difundir determinadas ideas.
No hace muchos años, en la tolerante Francia, Michel Houellebecq tenía que presentarse a los tribunales para defender su novela Plataforma de un grupo de facinerosos bienintencionados que acusó al escritor de ejercer un discurso de odio. Las motivaciones parecennobles.¿No estamos acaso en la época de la tolerancia y la aceptación? Sería lamentable que siguiésemos permitiendo que la gente de la cultura exponga ideas peligrosas, que haga eco de las voces que no creen en el sueñomulticultural. En la novela, el protagonista y su mujer construyen un resort en sudeste asiático donde los viajeros occidentales van a desfogar sus bajos instintos. El choque cultural que esto genera lleva a un grupo de musulmanes a cometer un atentado, que más tarde es justificado por la prensa occidental: es entendible la masacre porque, en primer lugar, los europeos no debieron provocar a los radicales. No sospechaba Houellebecq que un decenio más tarde la publicación de otra de sus novelas, Sumisión, estaría acompañada de un acto similar al que describía en la novela que en 2001 lo llevaría a los tribunales.
Más preocupados por no herir susceptibilidades que por la libertad de expresión, muchas organizaciones a mediados de los dos mil tomaron partido por los ofendidos que pretendían la censura y no por el autor, que debió exiliarse por un tiempo de su propio país. Houellebecq se mantuvo firme en sus ideas y produjo obras tanto o más cáusticas que la que lo llevó a juicio. En La posibilidad de una isla parece llegar a un punto de quiebre: un comediante misántropo presiona los límites de la ofensa y el mal gusto y en el proceso hace una fortuna, pero solo porque sabe elegir a sus víctimas, entiende a quién es lícito insultar y a quién no.
No seré tan deshonesto para negar que en estas líneas hay mucho de mi propia postura, pero lo que nos interesa no es la diatriba política con la que usted puede estar o no de acuerdo. El punto que me interesa tratar es el miedo y la desconfianza que ciertas temáticas suscitan en los escritores. Regresemos a Nabokov. Lolita parte de la fascinación que siente Humbert Humbert, un hombre de más de cuarenta años, por las nínfulas o niñas preadolescentes. La novela, al construirse en primera persona y bajo una óptica subjetiva, nos muestra los deseos de H. H. sin el filtro de la moral del escritor o de la sociedad e incluso se arriesga a mostrar a una Lolita que está lejos de personificar la pureza y la inocencia absoluta: ella incita, fascina y decepciona tanto a lectores como al propio Humbert porque muestra una faceta más rica que la que existe en la mera idealización de la juventud que apenas despierta. La hebefilia, lo sabemos bien, no es la mayor de las virtudes en occidente, de manera que el escándalo venidero era ineludible. La apuesta de Nabokov fue valiente, porque de haber cedido a las presiones de su entorno es probable que hubiera guardado aLolita en un cajón.
¿Cuántas veces dejamos de escribir por el miedo a que nuestra literatura se entienda no solo en clave de ficción, sino como una declaración de principios, una confesión de lo que en realidad somos? Cierto es que hay escritores comprometidos con una causa —y casi siempre producen una pésima literatura por anteponer el ideal a la historia—, otros que revelan deseos y fobias personales a través de sus libros y otros que, simplemente, quieren narrar una historia.
No me detengo en los primeros porque su mención no vale la pena. Dentro de los segundos pienso en Kenzaburo Oe, el mayor escritor que ha dado Japón, a quien el nacimiento de un hijo discapacitado le trastornó la vida y los libros. La obra más famosa de Oe es Una cuestión personal y trata sobre un padre que busca la manera de asesinar a un hijo deforme. Menos conocido, Agüí o el monstruo del cielo es una segunda versión de la novela. En ambas historias se exploran dos escenarios: en una, el padre mata al hijo, en otra tal vez no lo hace.Como personas, en ambos casos, no hacemos sino horrorizarnos ante un crimen cuya posibilidad se explora desde la perspectiva no de la sociedad, sino de quien está a punto de cometerlo;como lectores descubrimos que la literatura nos puede conectar incluso con lo peor del ser humano, acaso porque nosotros también llevamos dentro el germen de la corrupción o porque necesitamos experimentar, al menos en la ficción, el horror para poder rechazarlo. El hijo de Oe creció bien dentro de sus limitaciones y ahora se dedica a la música, pero el autor debió atravesar por el escrutinio del público cuando decidió externar sus miedos; bien pudono hacerlo y aspirar a una vida más cómoda en la que no tuviera que responder a la pregunta: ¿en serio intentaste matar a tu propiohijo?
La cuestión de fondo es si vale más la comodidad al impulso de tratar un tema que por su naturaleza puede ser rechazado de inmediato. No por su obra, pero sí por sus ideas, Ezra Pound optó por el silencio durante los últimos años de una vida que lo llevaría de ser el gran renovador de la lírica a un viejo recluido en un centro psiquiátrico. Un silencio literal: el poeta dejó de hablar y cuando lo hacía apenas musitaba lo necesario. Knut Hamsun pasó del estatus de escritor nacional de Noruega a ser separado de su esposa, despojado de sus bienes y a ser encerrado en un asilo para dementes y decrépitos. La experiencia, a los noventa años, lo llevó a escribir una última novela en la que debió defender su inocencia al tiempo que hacía un recuento del proceso que atravesó durante sus años finales. Las historias de Osamu Dazai sufrieron un boicot nada velado por parte de Yasunari Kawabata, a quien le desagradaba la «nube siniestra» que se cernía sobre sus historias, pero en vez del silencio y a pesar de la miseria que lo llevó cuatro veces a intentar el suicidio, el burai-ha, como así mismo se hacía llamar, optó por seguir con su estética en vez de ceder a las temáticas de «pajarillos y danzarinas» del Nobel.
Pienso que muchas veces sobreestimamos el rol personal de nuestras creaciones. Es descabellado asumir que aquellos que se meten en la piel del asesino y racionalizan sus acciones son en el fondo asesinos; lo hacen porque necesitan darle verosimilitud a un personaje, dotarlo de entrañas en vez de presentarlo como una caricatura. El gore divierte a muchos, la novela negra que es protagonizada por el criminal fascina a tantos otros.Esto es interesante, porque si no nos escandaliza la gran cantidad de historias sobre gente cuyo pasatiempo es matar, sí nos afectan temáticas que dejan secuelas diferentes a la muerte: violaciones, secuestros, tortura. ¿Por qué entonces hay temas que nos parecen más sensibles y perturbadores que otros? Tal vez por sus efectos traumáticos. La muerte es un instante, el padecer es un proceso.
Aunque yo soy de la idea de que, contrario a lo que postulan las tesis posmodernas e inmanentes, existe en efecto una moral objetiva, entiendo que las escalas de valores de los individuos y las sociedades no son siempre las mismas. Hace pocos meses platicaba con la directora de esta revista acerca del fenómeno de cierta saga que ponía al sadomasoquismo como una fantasía benigna, rosa y deseable. A mí me pareció que el tema, aunque vulgar, era inofensivo porque lo que es de mala calidad se degrada pronto y mientras sigue con vigencia tan solo alimenta a un nicho; a ella, por el contrario, le molestaba en especial porque tuvo la oportunidad de trabajar con mujeres abusadas y en el fondo su argumento es que es irresponsable tratar el tema con tanta ligereza.
Si bien todavía no me desdigo de mi postura, que puede ser tildada de cínica, sin duda heredera de mi paso por las aulas de una facultad de economía, pienso que es posible elaborar una síntesis de todo este debate. Si entendemos que es inadmisible la censura, que más vale hacer caso a nuestra necesidad de contar una historia que sucumbir a un miedo pusilánime, lo menos que se le debería exigir a un escritor es que, una vez tomada la decisión de afrontar un tema sensible, lo haga con la seriedad que se merece. En Nabokov se comprueba este compromiso, que no era político ni con una sociedad que le exigía determinado posicionamiento al escritor, sino con la literatura misma. Solo si entendemos esto podemos concluir que es cierto que escribir es un acto moral. Lolita no es una simple fantasía ni un ejercicio pornográfico, es una disertación sobre el deseo, es también un viaje y es, ante todo, una novela enorme.



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