Abandono de la orilla liberal


En el pasado encontraba en la admonición a mis cofrades una fuente de entretenimiento. Más que optimista, era profundamente ingenuo: creía que las palabras bastarían para enderezar los rieles torcidos por los que traqueteaban la literatura y el liberalismo. Aunque bordeando ambas fronteras, me centraré por el momento en la ideología. En cualquier caso mi faceta como liberal fue la que me granjeó más éxitos antes de que lo echara todo por la borda e ingresara a la orilla de la transparencia, que es un modo un tanto pretencioso para denominar la vida como NEET y hikikomori parcial.

TIPO Y ANTITIPO

Varios reconocimientos en el currículum, el padrinazgo de una fundación alemana, la suficiencia que otorga el saberse miembro fundador del un movimiento sin precedentes, eran señales inequívocas de que el camino estaba pavimentado para que yo me embutiera en las túnicas de un ideólogo ejemplar. La situación y mis compañeros me lo pedían. La modestia fingida es siempre más repulsiva que la arrogancia; yo siempre entendí mi valía y es por ello que acepté interpretar el papel. El precio por acceder sería alto. De la misma manera en que yo era conciente de mis aptitudes también lo era de mi incompetencia social. Mi sitio estaba detrás de un escritorio, no en una mesa privada de debates, mucho menos frente a un gran público. 

Recuerdo cuando jugaba a ser poeta. Yo recién había publicado una plaqueta con la cual no gané ningún premio pero sí el mote de la revelación del año. Fue dar el primer paso al escenario para que se me disolvieran los fémures y las tibias. Ya en el suelo, recité con gritos demenciales los versos. Afortunadamente la poesía era lo último que importaba, de modo que pude justificar mi pánico bajo el argumento del performance. Esa fue la tarde en la que me bautizaron como la revelación del año y el día en que decidí retirarme de la poesía. Por desgracia, no basta con dejar de escribir versos para quitarse el estigma de Rimbaud de Copilco y la neurosis me impedía conjurar la paciencia necesaria para que el entusiasmo por mí menguara. Sabotearse a uno mismo es un fino arte. En un medio donde todo es válido, excepto la decencia y el disenso, la ignominia se gana mediante la articulación del discurso equivocado. 

La única estética de la poesía salvaje es que no tenía estética. No se nos exigía demasiado, salvo ser libres. Claro está que la libertad equivale a repudiar la sensatez. En otras palabras, teníamos que firmar con la mano izquierda y rendir culto al dios de nuestro tiempo: el progresismo. No fue difícil caer del pedestal. Aproveché que no era solo una revelación de la poesía, sino también del pensamiento liberal. A la sazón de los eventos políticos del 2012, hice públicas mis opiniones y, para asegurarme la enemistad, no fuera que me reverenciaran como los comunistas con sensibilidad lírica a Ezra Pound, ridiculicé a un poetastro que escribía más panfletos a favor AMLO que versos mediante la creación de un meme, acaso mi mayor contribución al arte posmoderno.

La debacle de mi faceta lírica fue lo que en teología se conoce como tipo y antitipo. Yo no era un poeta salvaje convencido, sabía que escribiendo endecasílabos no llegaría tan lejos como vomitando sandeces seudopoéticas. Escribe Joseph Brodsky: «Nada revela mejor la debilidad de un poeta como el verso clásico y esa es la razón por la se lo rehúye universalmente». Como no podía ser de otra forma, no solo rehuíamos del verso clásico, sino que atacábamos a quien osara cultivarlo, lo llamábamos reaccionario. Mi plan, tan  ingenuo como advenedizo, era ganarme un espacio para después, con la tranquilidad que otorga saberse acogido en un medio, devolver a mis versos la dignidad que por complacer a mis colegas les había negado. Cuando hice mi entrada al restaurante donde se organizaba la creación del movimiento liberal y vi a todas esas caras entusiastas, en mis adentros intuía el desenlace. Lo intuía pero no lo quería aceptar. Era un liberal honesto, que no quepa duda, pero con un eco de moralidad incómoda en mi fuero interno. Una reverberación que, pensé, podía suprimir, porque a diferencia de la literatura la ideología que abanderábamos exigía la disolución de la individualidad en tanto que comunicadores de la misma. No he escrito una desfachatez: se nos exigía no predicar nuestros malestares morales; hacerlo implica la ruina del liberalismo. ¿Qué era más importante, se nos preguntaba, externar nuestro aborrecimiento personal hacia comportamientos degenerados o promover el derecho de los degenerados a expresarse? Como liberales no éramos moralistas, sino difusores de una ética universal.

Pasados varios meses de reuniones en una casita de San Ángel, se decidió que era momento de dar a conocer al público de la ciudad nuestra organización. Sería una velada memorable que incluiría varios discursos y un ágape de vino tinto y montaditos de queso tipo manchego, jamón serrano y Pan Bimbo. Se nos requirió que a modo de presentación respondiéramos a la pregunta «¿por qué soy liberal?». Las consabidas justificaciones ideológicas de mis camaradas pueden intuirse y no seré yo quien las repita: ábrase una página del Mises Institute o del CATO y alguien la estará enunciando. La mía, si no me equivoco, fue la más memorable de la velada. Soy liberal porque es la única ideología que me impide exterminarlos. Una cuarta parte del auditorio se rio por mi ingenio, otro cuarto emitió risitas nerviosas, los demás se quedaron de piedra, cruzando miradas. Muy serio, expliqué cómo el liberalismo ampara nuestro derecho al odio. Y yo los odio a todos ustedes, dije.

Terminado el evento, un par de colegas me amonestaron por lo imprevisto de mi declaración, no tanto por el contenido. Sabían que mi estilo era provocativo y que nunca me prestaría a regurgitar lugares comunes. Pasado el susto, me conminaron a seguir. Ellos se encargarían de convencer a los tibios, yo pregonaría las consecuencias más incómodas de nuestro ideario. No me importaba ser el apóstol del odio, del racismo y de la discriminación. La doctrina establece que por cada cien ponentes adustos que adormecen a su público debe haber un tío terrible, de largas y ensortijadas greñas, devoto del power metal, el progresivo, la literatura salvaje, que disemine con rabia el evangelio del anarcocapitalismo. En el mundo anglosajón y en España ya estaban tomados los puestos con figuras como David Muh CP Friedman o el heroico Jorge Valín, Ministro plenipotenciario de Turismo de Somalia. ¿Quién de entre mis solemnes camaradas estaba dispuesto a que la ignominia cayera sobre su nombre? 

La más exitosa de  mis charlas se celebró en una casona de la Condesa. Basándome en la premisa de que los derechos son concesiones graciosas del Estado, afirmé que el derecho a la vida no existe. Quise decir que la vida se defiende porque es un valor individual por sí mismo, pero eso no lo entendió una doña tan ofuscada como emperifollada que, a la hora de las preguntas y respuestas, me tildó de devorador de niños. Un sujeto menos prosaico pero igual de indignado preguntó con ironía mal disimulada: ¿Quieres decir que no debemos garantizar el derecho a la salud?  Tomé el micrófono y pedí «un aplauso a la compresión del camarada». El público, menos la doña, pero incluido el rojito, celebró mi respuesta. Esa misma noche, la noche de mi consagración pública, me emborraché con mis compañeros liberales en un bar de lo más nice, me caí del Metrobús, me rompí el tobillo izquierdo, y uno de mis camaradas, un tórrido obeso de 1.90 que detentara un pasado en las filas del nazismo mejicano, hizo el favor de regresarme a mi casa.

Ese era el antitipo. El día en que me bautizaron como la revelación de la poesía y decidí dejar de serlo, mis compañeros poetas y yo íbamos camino a mi casa por la línea 3 del metro. La noche en que hasta los comunistas me aplaudieron, un compañero me regresaba a mi departamento entre clamores de que con nosotros el liberalismo triunfaría en México. A través del parabrisas del auto del tórrido, las brumas etílicas que maceraban mi hígado y me empañaban los cristalinos me regalaron la visión de un largo dedo naranja arañando el cielo añil. Intuí que no alcanzaría una cumbre más elevada que aquella, y no porque no fuera capaz de superarme. Tan cierto como que era liberal, lo era mi desprecio. No me había obnubilado los sentidos para celebrar, sino para hacer menos insoportable la camaradería. Esa noche, cuando entré a mi edificio, ebrio y con el tobillo roto, supe que no faltaba mucho para que yo me rehusara a salir. Los medios para el encierro ya los tenía —ganar tres veces al hilo el mayor certamen de ensayos liberales del continente y un espíritu ahorrativo pagan bien—, tan solo me hacía falta el desprestigio.

DESVANECIMIENTO

Interpreto esta necesidad de crítica a la inminencia de la fase final de los últimos tiempos o acaso como respuesta a  las turbulencias del fin del calendario maya. Algún desajuste en las cuerdas del cosmos ocurrió en el 2012, pues se nos exigió dejar las actitudes tibias. Así fue como me convencí de que mi papel era dar voz a los inconformes con la infestación progresista en las entrañas del liberalismo. Parafraseando a Marx, pero sobre todo influenciado por el diagnóstico de otro Joseph —Ratzinger, no Brodsky— hiciera de nuestra época como un tiempo dominado por la dictadura del relativismo, acuñé el término «liberalismo vulgar» a propósito de una noticia en la que se hablaba de un campamento en Estados Unidos donde obligaban a los niños a travestirse. Naturalmente, el campamento era privado, de modo que no había nada que de suyo atentara contra las bases de nuestra filosofía. Inconforme con este claro descarrilamiento moral y horrorizado al darme cuenta de que yo había contribuido mucho a este mediante mis provocaciones, afirmé que todo individuo que antepone el derecho a la degeneración representa un liberalismo vulgar. En algún momento comenzaron a llamarme profeta. Y como un profeta, yo me desplazaba por el suelo como por las aguas. En pleno idilio con el ayuno intermitente y la dieta cetogénica una serie de hernias discales me robaron la sensibilidad de la mitad del cuerpo. Se pensará que el aliento de mi público resarcía aunque fuera un poco las molestias de la anestesia. La realidad era otra. En secreto, como sucedió con la poesía salvaje, buscaba la forma de desasociarme del liberalismo. El conservador quiere barrer el desorden, limpiar el polvo de los altares falsos. Cuando por fin me di cuenta de esto, que yo no era más que un intendente de la catedral progresista, supe que mis críticas serían vanas si antes no salía del templo. 

Desde luego, no soy tan sublime. Mi repudio al liberalismo mejicano era también de raigambre personal. No eran tan insufribles las reuniones en la sede de la fundación alemana, las risotadas del público o los debates sin fin entre progres y conservadores como los cariñitos que intentaba propinarme el entonces director, monstruoso becerro prieto de ciento ochenta kilos que gustaba de deslizar sus grasoso apéndices por mis clavículas.

APOSTILLAS AL LIBERALISMO VULGAR

La originalidad murió con la primera ficción. Si queremos ser más helénicos, diríase que la semilla de todos los textos occidentales está en la épica homérica. En buena medida, todo conocimiento no es más que reciclaje y maquila de ideas previas. Muéstrenme un pensador original y yo erigiré un altar en su honor. Con la misma seriedad con la que mis seguidores se refieren a mí como un profeta, digo que abandoné la academia por el inconveniente moral que me supone ser un regurgitador profesional de conocimientos. En realidad, nunca me tuvo con mucho cuidado quién fue el primero en inventarse aquello del liberalismo vulgar. ¿Y para qué angustiarse, si la mayoría en el medio encontraba vomitivo el concepto de la propiedad intelectual? Ofendido por mi desagravio a un autor que, francamente, nunca leí, un anónimo dejó un comentario ardoroso en mi viejo blog:



Si a Carson le importa detentar el título de la originalidad, no lo impediré. Imagino lo improbable que dos lectores de Marx lleguen al mismo chiste y lo usen para beneficio de su agenda personal. Quisiera detenerme en algo más importante. Obsérvese lo tramposo del argumento anónimo, que en buena medida es, por lo que entiendo, el de Carson (a quien, desde luego, seguiré sin leer): el fin de conservadores y reaccionarios —en realidad cualquier antiprogresista que no esté bendecido por el agua santa del libertarismo— es crear una sociedad económica desigual —entiéndase miserable, ignórese cualquier matiz—  por el puro placer de hacerlo. No es que las convicciones de los conservadores sean nobles pese a que sus métodos sean los equivocados; son malignos por definición. Solo el libertarismo purifica el espíritu. Los credos seculares no han trascendido la necesidad de una narrativa teológica.

Por otro lado, anónimo me acusa de libertario vulgar, lo cual es francamente absurdo. Intentaré responder la difamación del modo más socrático posible: ¿Puede un católico ser un budista vulgar? No estoy seguro, si bien en épocas de vibrante ecumenismo, como el que pontifica el porteño de San Pedro, todo es válido y posible. En todo caso, para seguir con el argumento, se puede afirmar sin género de dudas que un protestante es un cristiano vulgar, pero no un católico vulgar. Vamos, que nada pone en evidencia la estrechez cerebral como la dificultad para establecer categorías. De esta incapacidad, propia de mentes medianas —la mayoría, por efecto de la muy discriminadora ley de los grandes números—, se valen los habilidosos verbales para propagar su discurso.

Recientemente un viejo camarada me preguntaba si todo liberalismo es vulgar, a propósito de dos tuits que, para variar el tono, no versaban sobre la debacle de mis neurotransmisores auspiciada por mi afición a los ansiolíticos. Dije: «Recordatorio de que conservadurismo y progresismo son una falsa dicotomía que enmascara a un mismo engendro nacido de la revolución ilustrada contra el orden tradicional». En su mayor parte el liberalismo es vulgar, por simple hecho de que la vulgaridad es abundante en tanto que la sofisticación es escasa. Al momento de escribir el tuit, yo pensaba en Gloria Álvarez, reconocida mercadóloga del libertarismo, que en el apelativo de marxista cultural se colgaba una medalla al mérito. En el imaginario pueril de los que en la sensación de la rebeldía fincan la piedra de toque de su existencia, el mayor logro al que aspiran no es a la transmisión adecuada de las ideas sino al vilipendio: se validan a sí mismos según la ira que suscitan en otros. Ni que decir está que el provocador tiene su lugar y momentos adecuados, que para eso hasta en el circo hay división laboral y las masas no están para interiorizar sesudas retóricas, ni constituye una aberración el que haya quien prefiera el mensaje sencillo a la enrevesada enunciación. Filosofar es privilegio de ociosos.

Quizá el camarada leyera mal el tuit o acaso mi redacción fuera torpe. La vulgaridad, me parece, en tanto que cuestión de estilo y formulación, ha de rastrearse en el contenido y en la forma. Dicho de otro modo, hasta en el vertedero de la filosofía hay niveles y nunca será de idéntica jerarquía el panfleto progresista de una catedrática que alcanzó su puesto gracias a una cuota de género que una sola línea de los cuadernos de Gramsci. Con lo cual no valido al artífice de  lo que hoy se ha dado en llamar marxismo cultural. Hay, en este sentido, un liberalismo de retórica decente. La cuestión es si hay un liberalismo que ontológicamente no sea vulgar. Esto parece ser lo que angustia a mi camarada. Podría teorizar al respecto, pero no tengo ni las energías ni el interés para hacerlo. Para seguir con la figura retórica, un budista no tiene porqué aleccionar a un católico sobre la trinidad. La paz se alcanzará cuando se entienda que hay diálogos que de suyo son imposibles.

ANULACIÓN

¿Quién quiere sufrir, quién exaltarse? Como la existencia misma, el pánico es un absurdo abrumador. No fue ante un gran público ni en medio de una refriega intelectual cuando me derrumbé. Sucedió un sábado por la noche. Peleaba un boxeador tan antipático como fino para el contragolpe. Su rival, un pobre eslavo acarreado no sé si de Odesa o de Kiev, presto para el sacrificio en una arena del DF. Serhii Fedchenko no pasará a los anales de la historia del boxeo pero sí a los del pánico. Imposible confundir la emoción con el terror. El arte brutal de Márquez tenía para mí el efecto que unas semanas después me daría el Rivotril. De modo que esos martilleos en el pecho, los jadeos, el sudor, las manos heladas, las piernas adormecidas, no eran signos del fervor de un fanático. Estaba solo en mi cuarto, viendo un hombre destrozar a otro, mientras mis nervios se encargaban de hacerme pedazos.

Intenté resistir los embates de mi organismo durante una semana. Las tardes subsecuentes fueron de taquicardia y las noches de despertares súbitos. Con una película de Kurosawa como telón de fondo, pastiche profético de dos textos de Akutagawa, nervioso adicto al barbital, siete días después, un domingo, entendí cuán insoportable era yo mismo y fue así como sucumbí a la tentación del adormecimiento químico. Para ello debía ponerme en manos de un psiquiatra. Hombre de nobleza excepcional, el doctor López me recetó un frasco de clonazepam ni bien relaté mis tribulaciones. La primera gota fue iluminadora: la desdicha es insustancial, la premura una nota estridente en el arrullo que debiera ser la experiencia. Lo comprendí: era el momento de la retirada definitiva; de todas formas ni el mundo ni la academia ni yo teníamos nada que ofrecernos los unos a los otros. Los trastornos psiquiátricos, por auténticos, me daban la posibilidad providencial de efectuar un alejamiento legítimo. 

Mi asesor de tesis, entonces uno de los únicos tres docentes liberales de la facultad de economía, aceptó que su estudiante modelo, el único liberal de una generación mayormente socialdemócrata, se tomara un descanso para recuperarse de la depresión y los trastornos de pánico. Debes estar muy agobiado, así solo y con ese proyecto monstruoso, me dijo. El título de la bestia era El enfoque de la escuela austriaca en el marco de las teorías de los ciclos económicos endógenos. Estaba más que claro que iba a fracasar. El profesor para quien yo era esclavo en la modalidad de servicio social —el segundo de los tres liberales, académico que firmaba con su apellido artículos que yo escribía (Cervantes, como para mostrar que la literatura palidece frente a la realidad cotidiana)— aceptó mi retiro de buena gana, me deseó buena suerte y que regresara con nuevos bríos para concluir los dos meses de servicio que me faltaban (y los artículos que a él le daba pereza escribir). El tercer profesor, cuya pinta era más de rumbero caribeño que académico —pelo crespo, piel parda, bigotito a ras; un Thomas Sowell del son jarocho— es el único a quien, de vez en cuando, por medio de Twitter, atormento con mis dolores existenciales y exaltaciones al moe, y a su vez él me martiriza difundiendo las infamias de Gloria Álvarez. A pesar de que el rumbero Zavaleta era mi preferido es una lástima que no trabara con él una relación significativa. Tenía grandes planes para para nosotros: cuando tomé la decisión de irme, él aún no daba el salto definitivo al liberalismo, pero ya se le notaba en la forma de impartir clases y de ponerme puntos extra por atreverme a decir que la educación pública es criminal, estando yo en una universidad pública, que pronto sería el siguiente en caer; si todo marchaba bien, lo usaría para salir avante en el examen profesional. Es bueno saber que ahora es él, tal como profeticé, quien organiza la mayor parte de las ponencias liberales en la facultad.

Me olvidé de la batalla. Deserté. Presentarse a un combate cuando no hay posibilidades de ganar supone un desgaste inútil de energía y fuerza vital que bien puede ponerse al servicio de cosas más nobles, como la contemplación de la obra divina, la escritura de endecasílabos o el anime. ¿Quién lucha para perder? El imbécil. Yo no enviaba mis ensayos por el mero gozo de difundir mi pensamiento. Incluso en la época en que mi perspectiva no era el encierro, andaba en pos tanto del prestigio intelectual como del premio en metálico —o en moneda fiduciaria, para decirlo en los términos yo hubiera usado entonces, cuando era un ferviente defensor del patrón oro y la banca libre—.Más que nada porque, diría Marx, mis habilidades no daban para producir valor objetivo. O lo que es lo mismo: la labor física me aterraba, las interacciones prolongadas me drenaban la poca vitalidad. Recoger los premios por mis textos era todo lo que podía hacer, y hasta eso fue complejo. La directora del concurso que gané tres veces al hilo puso todo de sí para que yo no cobrara los cheques —en una ocasión tuve que esperar más de seis meses—. Supongo que no le agradó que nunca le tendiera la mano o que no me presentara al circo de la premiación. Hay códigos básicos de comportamiento que mi incompetencia no comprende y que yo, desde luego, no me esmero en aprender. Es así. Es bueno que al apático no le dé el sol. Todos se benefician.

La insensibilidad, claro, es ilusoria. No pude permanecer inmune a la decepción. La salida: cerrarme aún más. Hace por lo menos dos años que, ni por error, veo las noticias. ¿Con qué sentido si ya conozco la narrativa? Un solo hombre no puede contra toda la iniquidad. La deploro pero no me lleno de ella. Si todo el horror conduce al mismo acantilado y yo ya había atisbado el precipicio, ¿para qué insistir en gritar al fondo, qué sentido hay en horrorizarse ante la más novedosa ramificación de lo abyecto? Me apena la situación de los que aún desean arruinar su ánimo, llenándose con los hechos del mundo; el vertedero es solo uno y está frente a nosotros. No, el dolor no vale la pena. Cuando se entiende esto, la decepción y el asombro ya no son posibles. Queda, si acaso, la lástima. Una lástima por los que no han tocado fondo. Un pronto agotamiento previene iras innecesarias.

San Pío X explica que no fue la traición el peor de los crímenes de Judas, sino el creer que estaba más allá del perdón: en su soberbia se convenció de que Dios no podría obrar su misericordia en su alma desesperada. La historia de Judas tiene un correlato en las ciencias del comportamiento. Es la indefensión aprendida, el punto en que el individuo se convence de que no se despejarán las brumas en su panorama. Perdido el sentido de sí mismo, solo quedan el suicidio, la pena eterna o la anhedonia. El suicidio, creo yo, es el privilegio de quienes además de haber padecido de un sufrimiento objetivo y ejemplar han completado una gran obra: Akutagawa y Dazai se ganaron la muerte. Los demás solo tienen su pequeño y vano desasosiego, ante el cual queda o la exaltación o el adormecimiento. Sufrir constantemente es una franca molestia. La insensibilidad, por tanto, es la respuesta. Y ya que yo no sentía el suelo, me pareció que lo más coherente era apartarme, ver impávido el derrumbe desde la ventana de mi habitación.

Un año después yo ya no era nadie. En el movimiento encontraron a otro chico prodigio. Me enteré de que la secrecía de los certámenes en los que participaba era una farsa. Hikikomori desesperado y desvergonzado, envié mi mejor texto bajo seudónimo, solo para recibir, semanas más tarde, mucho antes de que el jurado diera por iniciada la faramalla de las deliberaciones, un correo anónimo en el que se me informaba que ni siquiera se molestarían en leer mi obra. No fue tan amargo. El concurso lo ganó, por fin, el sempiterno segundo lugar a quien yo inmerecidamente había opacado, rosarino cuyo combate irrefrenable contra el progresismo lo catapultara en 2017 al odio de las feministas de la América Hispana. De todas maneras, mi desvanecimiento seguía y cada vez eran menores mis requerimientos tanto calóricos como materiales. Un hikikomori charro no precisa más que de un cuarto para él solo y, quizá, unas cuantas figuras de anime, no muchas, solo las justas. También un poco de medicación contra el hipotiroidismo, pero eso lo descubriría hasta hace poco, cuando me di cuenta de que no era normal que no me crecieran las uñas, se me cayera el pelo a raudales, que mi temperatura corporal estuviera a 35 grados en promedio y que mis mañanas, por decirlo con enrevesada lírica, se tornaran blandas.

ANTICLÍMAX

Nada tan vulgar como el melodrama moderno. A cuatro años y medio de mi renuncia he perdido mis cualidades proféticas. No habré recobrado el entusiasmo por lo moderno, pero he reconquistado la calma y me he reconciliado con los carbohidratos. La indefensión aprendida no es del todo como el pecado al espíritu. A veces incluso se me puede ver deambular por el vecindario. El asfalto ya no se siente como agua. Las uñas ya me crecen. Mi presencia suma apenas sesenta kilos al planeta. Minimizo el incordio que supone mi presencia manteniéndome al margen. Minimizo el incordio que me supone el mundo manteniéndome al margen. Soy un hombre cortés.

Aquí el anticlímax de la historia: he dejado de escribir y aleccionar porque en algún momento entendí que no vale la pena enmendar la plana a un liberalismo tan enamorado de sí mismo y del espíritu de nuestro tiempo que ha cedido la búsqueda de la trascendencia y en cambio celebra la vulgaridad. He renunciado porque al fin he comprendido que nada hay de heroico en una existencia consagrada a cantar odas a cuán vil puede ser un hombre. Quizá vuelva a escribir poesía, esta vez en endecasílabos. 

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