De las primeras ficciones la necesidad de la literatura

La anécdota comienza con un robo. Tiempo atrás, entre la pluma y las computadoras, se dice que existía un artefacto rudimentario y escandaloso que combinaba la tecnología de las teclas y la tinta. Las escuelas, al menos donde tiene lugar esta historia, lo usaban como un instrumento de tortura. Durante varias horas a la semana los estudiantes debían aprender a maximizar la productividad de la escritura mediante la memorización de las teclas y la posición de las manos y los dedos respecto a ellas. A veces también se enseñaba una oscura técnica que consistía en dibujar garabatos que después uno podía traducir a lenguaje humano. Lo llamaban taquimecanografía. 

La maestra encargada de impartir esa asignatura era una señora que no pesaba menos de ciento treinta kilos, llevaba el pelo corto, teñido de naranja y uno de sus ojos era de cristal. Algún sociópata llegó a pensar que era buena poner a semejante personaje al frente de una clase de secundaria, donde en el contexto de la adolescencia temprana de sus sujetos lo que abunda no es precisamente la prudencia de los alumnos. El resultado era de esperarse: nadie nunca se tomó en serio esa clase. Podríamos citar como excepción a un muchacho que, en vez de entregar las trescientas hojas de ejercicios de mecanografía, presentó como trabajo final una historia original de la misma extensión, que pergeñó cada noche con la máquina de escribir Olivetti que le robó al director de la escuela. 

Un giro sentimental de esta anécdota podría llevarnos a pensar que en el fondo del ojo de cristal había una persona sensible que trataba de mostrarles a sus alumnos el camino de las letras, pero la realidad, por suerte para quienes con sensatez emprenden una cruzada contra la cursilería, suele derrumbar las expectativas almibaradas de nuestra imaginación. La señora, la verdad sea dicha, solo quería canalizar la amargura de las burlas exigiendo trabajos inmensos a sus estudiantes y, por otro lado, dio la casualidad que ese mismo semestre aquel alumno de trece años, por imposición de otra profesora, había leído con asombro La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. Eso le bastó para convencerse a sí mismo de que a partir de ese momento necesitaría tanto los libros como la pluma. O, para ser fieles al relato, la máquina de escribir del director de la secundaria. A él tampoco le agradaba la señora del ojo artificial ni mucho menos su método de enseñanza, así que apostó a la apatía de la maestra: en vez de dedicarse a teclear trescientas hojas de ejercicios de mecanografía escribiría una historia propia y, dado el desinterés de la señora por el contenido del texto, estaba convencido de que aprobaría con la mejor nota.  

La anécdota es mundana, casi una burla. Tal vez sería mejor recordar a un adolescente que fue enviado a un colegio militar donde, con el fin de sobrevivir a la brutalidad, se dedicaba a escribir novelitas eróticas para entretener a sus compañeros y no ser víctima del maltrato de los mayores. También está la historia de una mujer acosada por la policía secreta de su país, incapaz de suicidarse porque eso sería hacerle un favor al gobierno, a quien la literatura le ofreció la única manera de resistir a las presiones del Estado comunista. El primero, Mario Vargas Llosa, afirma que las ficciones nacen «para dar a los seres humanos aquello que la vida real es incapaz de darles, para hacerlos vivir más vidas de las que tienen y de manera más intensa de la que viven, algo que su imaginación y sus deseos les exigen y la vida real, la vida confinada y mediocre de sus existencias reales, les niega cada día» .La segunda, Herta Müller, mucho más pesimista como consecuencia de su experiencia bajo el terror de Ceaușescu, está convencida de que buscamos la literatura no para escapar de una realidad con la que no estamos conformes sino más bien para padecerla y tratar de entender el absurdo que es el día a día. Aunque separados por dos maneras en apariencia opuestas de relacionarse con las letras, una idealista y otra sombría, y salvando los contrastes estilísticos entre ambos —la prosa de pretensiones totales de Vargas Llosa ante el minimalismo y los silencios de Müller—, sus obras encuentran grandes similitudes porque exploran la lucha, la resistencia y la derrota del individuo ante las arbitrariedades de la realidad. 

Ante esas épicas en la vida de los grandes autores, pareciera que la necesidad común por la literatura es vana. La historia de un alumno que roba una máquina de escribir para librarse de una asignatura parece irrelevante. Querer comparar la vida en el terror con una rebelión pueril equivale al insulto porque se estaría trivializando el drama humano. Tal vez por eso hay en muchas personas el deseo por llevar a cuestas un fardo de experiencias más significativas que le permitan decir: yo escribo porque no me basta con soportar este mundo, porque necesito trastocarlo con mis palabras e ideas. El anhelo de trascendencia parece más noble ahí donde la adversidad es mayor, porque entonces la literatura deja de ser entretenimiento y, en la mente de las personas que se adhieren a esta opinión, adquiere un sentido superior.

Pero regresemos por un momento a la anécdota. Aquella historia escrita en la Olivetti jamás vería la luz. La pereza del estudiante fue tal que se negó a capturarla en computadora. Tal vez, sin advertirlo, intuyó el insoportable anacronismo en que había incurrido al no usar un procesador de textos en primer lugar. Finalizado el ciclo escolar, ya con fama de ser el escritor de la clase, le habían encargado reinterpretar, a modo de obra de teatro, un cuento clásico. El alumno se desveló torciendo la trama, cambiando ratones por motoristas y princesas por tomboys que usaban botas y que no conseguían la felicidad porque el príncipe, un fetichista que usaba el pretexto de un zapato perdido para complacer su parafilia, las prefería vestidas de acuerdo a la tradición. Aunque ensayaron por semanas el texto con el aval de los maestros, la directora decidió que la obra no era apta para la escuela. 

Con los años, alentado por otra profesora de lengua española, el personaje conoció el mundo de los certámenes literarios, en los que llegó a ganar un par de menciones honoríficas —nunca el primer lugar. Decepcionado, incursionaría en la lírica y llegaría a publicar un poemario de juventud titulado Una ciudad transgénica. Participaría en una antología seudopoética con fines políticos solo para tener algo de que presumir en su currículum. Al poco tiempo, después de una vergonzosa lectura de poesía en un auditorio, decidiría alejarse de los poetas de su ciudad. Más tarde, en contra de lo que había sido su intención cuando robó la Olivetti, concentraría el grueso de su actividad literaria no en la novela sino en la creación de ensayos.

Así fue como en 2012 gané un premio con un ensayo político-literario titulado El síndrome de Kafka o el arte y el individuo, en el que exploro una paradoja en la que viven muchos autores: el deseo de una sociedad donde su arte sea negado. No es tan descabellado como suena en un principio. Se trata, en realidad, de un guiño al viejo debate entre Georges Bataille y Sartre. Para el primero la literatura tenía sentido solo si era transgresora —esto es: la creación individual nace de la inconformidad del autor—, mientras que para el segundo «querer que la literatura exista es ante todo desear un mundo en que la literatura sea posible, un mundo que reconozca su derecho a existir» . Hay autores que ven en la comodidad el peor de sus enemigos. En ese sentido, siempre sospeché que la mayoría de los autores relevantes pertenecen, deliberada o accidentalmente, al primer grupo, siendo Franz Kafka el más paradigmático de todos: su literatura no habría existido de no ser por su constante rebelión contra el padre o contra la burocracia. Bataille explica que aunque Kafka titulara su famosa epístola como Intentos para escapar de la esfera paternal su deseo más profundo era no huir de ella, sino vivir dentro de ella como un outsider, porque solo en el interior de ese mundo opresivo era capaz de producir su literatura.

Es una cuestión interesante, sin duda, pero al final del camino, librando las discusiones teóricas y las exégesis que puedan hacerse acerca de la obra de un autor, todo se resume en la necesidad de buscar un sentido y de esta manera responder a la preguntas de por qué escribimos y por qué sentimos la urgencia por los libros. Lejos de tomar partido por la idea de la trascendencia —la literatura es solo tal si es que esta tiene un punto de partida ético— como única forma de validar la escritura, prefiero remontarme a otras épocas en que los grandes clásicos si bien fueron escritos para hacer comentarios sociales también se entendían, sin vergüenza alguna, como una forma de entretenimiento para aquellos que tenían la posibilidad de leer . Sí, es válido que las ficciones solo sean una forma de pasar el tiempo, porque hay historias en apariencia triviales que necesitan ser contadas, porque hay lectores que no piden otra cosa más que un relato bien armado, y eso, en muchos casos, puede detonar la necesidad de la literatura en las personas sin que haya grandes tragedias ni arbitrariedades. Se trata del deslumbramiento, esa experiencia que sucede cuando una obra —en mi caso La ciudad y los perros, en otro bien podría tratarse de una saga juvenil—que, irremediablemente, nos arrastra al universo de la palabra escrita.

Hay en la ficción un componente de farsa, de estafa verosímil. Es posible que aquella historia de la Olivetti no refleje con fidelidad lo que en realidad sucedió, tal vez no hubo ojo de cristal o es que la única mentira que me he permitido a lo largo de esta reflexión es la de las trescientas páginas originales. En realidad se trataba de una versión personal de una obra ajena. Un fanfiction, aunque entonces yo no conociera el término. Dicho así, la esnobería se escapa y parece emerger la banalidad, pero estoy convencido de que no es el caso. Me gustaría recordar las palabras del autor que me hizo descubrir la literatura, quien al recibir el Nobel declaró en su discurso que: «las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final». Dicho en posmoderno: Vargas Llosa empezó escribiendo fanfics de las novelas que leyó de joven, y no fue sino hasta muchos años después que, gracias a esos primeros acercamientos, pueriles si se quiere, logró escribir La ciudad y los perros y el resto de su obra.

Daré mi opinión. Escribimos porque nos hacen falta historias, porque el vacío nos hace sentir inconformes, porque es insoportable que ese relato que tenemos en mente no forme parte tangible del cosmos incompleto en el que vivimos. Podemos racionalizar esto, decir, por ejemplo, que el sentido de nuestras letras está en las causas nobles, pero en el fondo lo que nos perturba es la falta de esa historia que necesitamos contarnos, primero, a nosotros mismos. Con suerte, esa historia logrará ser relevante para alguien más, acaso también un punto de partida.

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[1] Vargas Llosa, Mario. "¡Cuidado con Elizabeth Costello!" El País. Web. 3 Oct. 2003.
[2] Hollier, Denis. Abset Without Leave. French Literature under the Threat of War. Harvard Unversity Press.
[3] Por eso muchos clásicos se publicaron bajo un formato seriado. Así lo demuestran Los miserables de Víctor Hugo o Soy un gato de Natsume Soseki. De hecho, la publicación en un solo tomo, como forma exclusiva de presentar los libros, es algo relativamente reciente. Es solo con el advenimiento de la modernidad que se perdió la costumbre de la novela por entregas.
[4]  "Mario Vargas Llosa - Discurso Nobel: Elogio de la lectura y la ficción". Nobelprize.org.

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