De la capital a la muerte
Publicado por Cronos | Etiquetas: Cuentos, Daguerrotipo | Posted On lunes 16 de noviembre de 2009 at 11:15
Estoy trabajando en un libro de relatos que, a su vez, puedan leerse como tres pequeñas novelas. El eje temático es la muerte en distintas etapas de la historia. La primera historia lleva por título Daguerrotipo y se ubica en un pueblito ficticio de México de 1909 a 1911. Éste es el primer cuento de esa nouvelle. Mi objetivo no es ser del todo conclusivo con cada texto, pues los personajes se repetirán en los siguientes cuentos, pero creo que la mayoría podrán leerse de manera independiente sin mayor problema.
DE LA CAPITAL A LA MUERTE
¿Por qué dices México?, le pregunté, si México es todo el país; ¿por qué no dices el DF, como todos? Porque así nos enseñaron, respondió.
ÁLVARO ENRIGUE
Lo juro, dicen que ahí abajo hay un muerto. ¿De qué estás hablando, chamaco?, le pregunté al niño que me recibió cuando entré a la hacienda. A juzgar por su mirada, parecía convencido de lo que decía, más allá de lo fantástico de su historia. Encontrar esqueletos debajo del piso de la sala de la casa grande no es algo que suceda todos los días. Si quiere pregúntele a don Gervasio, me recomendó con inquietud, él le puede contar toda la historia. Entonces saqué de mi bolsillo un pequeño saco con monedas que me sobraban y se lo entregué: Anda, el dinero te va a caer mejor que todos esos cuentos.
Gervasio era de esos viejos que habían vivido toda su vida en la hacienda y que no conocen otros horizontes que la puerta por donde salen las carretas rumbo a Santa Rita. Él fue quien me guió por mi nueva casa. Me mostró la habitación principal – la que había ocupado mi tío antes de morir y heredarme este lugar –, y cuando la vi supe que era urgente una remodelación. Así fue como di mi primera orden: Diles a los criados que necesito cambiar la imagen de este lugar; el tío Román no le tenía gran aprecio a la estética, ¿verdad?
Llegué a este sitio casi por accidente: heredé la hacienda y todas las posesiones de ese viejo porque yo era su único pariente vivo – mis padres habían muerto unos años atrás, antes de que yo concluyera mis estudios de leyes en México, que es donde siempre viví. No tenía planeado moverme de la capital a un pueblo, pero me sedujo la idea de ser el forastero que en cuestión de días se convertía en el dueño de la hacienda más importante del lugar.
La perspectiva de mis días fue acertada: en poco tiempo ya todo el mundo me conocía y me trataba, aunque con reservas, de don Alfredo – lo que me parecía excesivo: yo era apenas un joven de veinticinco años que encima era soltero (buen incentivo). Pasaron pocos días para que me llegaran invitaciones para reunirme con el gobernador de Santa Rita – un viejo amigo de mi tío.
Aquí las cosas son muy tranquilas, me decía don Ignacio en su oficina del ayuntamiento. Espero que su recibimiento tan cordial no sea sólo porque soy sobrino de don Román. Lanzó una carcajada forzada y, mientras me servía jerez en una copa de vidrio soplado – se esmeró en realzar ese detalle –, continuó su charla: No se crea, joven; aquí todos somos muy hospitalarios, seguro que en poco tiempo podrá hacerse de buenas amistades; por cierto, ¿ya conoce a los Palafox?, si quiere yo se los puedo presentar. ¿Tienen alguna hija soltera?, pregunté en tono de broma, aunque él entendió otra cosa. Ofelia está bien chula, seguro que si se esfuerza la puede conquistar. Chocamos las copas y bebimos: el jerez estaba horrible.
Al cabo de unas dos semanas llegué a la casa de los Palafox. Me abrió la puerta una india que me miró feo. Le dije que venía de parte de don Ignacio y que seguramente el teniente Eraclio estaría al tanto de mi visita. Esperé durante algunos minutos en la sala, tratando de ver si por lo menos en ese hogar había buen gusto: no me podía quejar. Después vi bajar a Ofelia, de quien ya don Ignacio me había hablado. Se trataba de una de las pocas mujeres blancas de este pueblo, aunque no tanto como yo, con los ojos cafés, un cuerpo generoso y el cabello ensortijado producto de un complicado e inútil peinado. ¿Quién es usted?, me preguntó. Le di la explicación de mi procedencia y al final, con una mueca de disgusto, sólo me contestó con: Ah, ya, el mexicano; bueno, entonces en unos momentos baja mi padre. Sin decir nada más, Ofelia se marchó junto a la india que me había abierto la puerta.
Lo que más me sorprendió fue la pregunta de bienvenida que don Eraclio me hizo: ¿Ya le contaron la historia del muerto? Dudé por unos segundos a causa de la que me pareció una descortesía. Sí, ya, un chamaco me lo contó. No me extraña, contestó, cuando su tío murió todo el mundo habló por un tiempo de los entierros que había en la hacienda; no haga caso, ya sabe usted cómo son los rumores, la gente es chismosa y no tiene nada más que hacer; en fin, ¿quiere un jerecito? Acepté sin muchas ganas. Afortunadamente el licor era mejor en esta casa que en el ayuntamiento.
Las siguientes semanas las pasé yendo y viniendo de la hacienda al pueblo, paseándome siempre por la plaza, que era lo único rescatable del lugar. Lo que me entretenía era leer la lista de los muertos que se ponía en el muro del ayuntamiento. Cada dos semanas había una nueva. Ésta se dividía en dos: algunos cadáveres que se encontraban tirados en las calles de Santa Rita y que alguien reconocía, y los que morían en algún conflicto militar o que simplemente eran parte del ejército.
Usted es nuevo, afirmó con mala cara el que se encargaba de colocar la lista, de México. Asentí mientras seguía leyendo. Ya se hizo costumbre desde hace unos años poner los nombres de los muertitos, me dijo con una tristeza que no entendí. ¿No es demasiado morboso?, entiendo los de la guerra, ¿pero la gente común y corriente? Se encogió de hombros y me contestó: Sí, lo mismo pienso, pero qué puedo hacer, yo sólo escribo lo que me dictan. Después me decidí a preguntarle si había escuchado la historia del muerto en la hacienda. Ah, meditó, sí, creo que sí, pero la verdad es que no sé mucho; pa’ mí que es puro invento; lo que pasa es que el viejo siempre fue como raro.
Cuando Ignacio dejó de cuidar las apariencias, al cabo de un mes y medio, me invitó al burdel que estaba por el centro. Decliné la invitación, no porque me horrorizara el hecho de acostarme con alguna ramera, sino porque imaginé que las mujeres en los pueblos seguramente eran aún más sucias que en la ciudad. La excusa que él escuchó, en todo caso, fue efectiva: ¿Qué va a pensar mi futura prometida si se sabe que estoy yendo a un lugar de esos? Se rió y después me palmeó la espalda: ¿Ya te estás entendiendo con Ofelia?
La verdad es que me entendía más con su padre, porque esa muchacha tenía unas ideas muy raras que no sé dónde aprendió. Se me hizo raro que en un hogar conservador, donde el patriarca era un militar retirado, se le permitiera tener ideas que coqueteaban con esa ideología alemana que tan de moda se estaba poniendo. A veces platicábamos en el patio sobre política y ella siempre salía con un argumento de corte materialista que me inquietaba. Así soy yo: todo el deseo que puedo sentir por una mujer es variable respecto a su intelectualidad (y la limpieza – no sé por qué tengo ese fetiche). Ella era culta, pero demasiado influenciada por Marx. Para romper la tensión, pues siempre acabábamos discutiendo acaloradamente – su criada parecía darme la razón con la mirada de desaprobación que siempre le dirigía a su ama –, don Ignacio solía dirigirse a la sala con el fin de que, frente al piano, Ofelia nos cantara algo. No lo hacía nada mal, pero el canto nunca fue una virtud que yo apreciara demasiado.
Tanto el gobernador como el teniente estaban conspirando para que ella y yo nos entendiéramos, así que, en un acto de complicidad, nos solían dejar solos. La primera vez que eso sucedió no pudo faltar el tema con el que me abordaban todos en el pueblo: ¿No te ha espantado el muerto de la hacienda? Me enojé, porque además de esas preguntas incómodas jamás me habían dado más información – y yo no quería preguntarle a Gervasio. ¿Entonces tú sabes algo de eso? Nada más lo que la gente cuenta, que no es mucho; dicen que tu tío se volvió loco y enterró a alguien ahí, sin darle cristiana sepultura. Me comporté incrédulo: ¿Una materialista hablando de cristiandad?, tú sólo quieres sorprenderme. No me digas que eres ateo. Protestante, para ser exactos. ¿Se puede ser protestante y vivir en paz en México? No, pero como tú eres la rebelde lo puedes saber. Agitó su cabello y continuó: Y weberiano, me imagino. Más que marxista, sí, le respondí. La vi interesada, así que continué: A Estados Unidos le bastó con su independencia, aquí nos peleamos por todo. Hey, me interrumpió, no te olvides de la guerra de secesión. Mmmm, pensé por unos segundos, eso no fue más que una curiosidad histórica.
Al salir, la india me acompañó a la puerta y, cuando nadie estaba viendo, me dijo en voz baja: Nadie la convencerá jamás de que Hegel fue un filósofo de poca monta, un indigno hijo intelectual de Platón, otro filósofo perverso al que le encantaba la idea de someter a todos a la servidumbre. Después salió corriendo. Esa noche no pude dormir en paz, no por culpa del muerto, sino porque no entendí cómo una criada tenía idea de aquel pensador alemán o de ese afamado filósofo griego.
Por unos días traté de apartarme de la sociedad y me recluí en la hacienda para revisar todo lo que había en ella. Entre tantas pláticas con Ignacio, Eraclio y Ofelia, no tuve tiempo para revisar a fondo la casa que habitaba y administraba desde hacía varios meses, que pasaron sin que yo me diera cuenta. Aunque la contabilidad la llevaba Gervasio, tomé la decisión de involucrarme un poco más. Es una buena temporada, me dijo aquel hombre trayéndome todos los libros contables, si lo compara con años anteriores, previos a la muerte de su tío, no la estamos pasando nada mal. ¿No será que el muerto de la hacienda nos está proveyendo con un mejor ganado ahora que no está el loco de mi tío? Al parecer el viejo no quiso entender mi ironía. Perdóneme que se lo diga, mexicanito, tomó aire, pero no tiene ni puta idea de lo que habla; ojalá que fuera un rumor. La historia que me contó pecaba de fantástica, pero no sé por qué quise creerle.
A decir de él, varios años atrás el presidente Díaz, que por aquel tiempo estaba tomando un descanso mientras su compadre Manuel González se hacía cargo del país, había estado dando vueltas por la nación hasta que, a poco tiempo de regresar al poder, entre los rumores sobre la debilidad carnal de González y los problemas económicos suscitados por el envilecimiento de la moneda, se topó con Santa Rita. Algo le gustó del pueblo, porque él se quedó varios días. Todo fue una gran verbena, decían, y no era para menos: un personaje importante de la vida nacional había pisado un suelo que hasta a los pobladores les parecía olvidado.
Para aquel entonces mi tío ocupaba la hacienda. Fue un tiempo muy fructífero, añadió el contador, la cría del ganado estaba en su apogeo y las tierras rendían incluso más que ahora. Don Porfirio fue invitado a pasar unos días en la casa. Ante la incredulidad de todos, haciendo un alarde de humildad, el ahora presidente aceptó. El invitado de honor, según los comentarios de los viejos de por aquí, se sintió muy a gusto, por lo que le dijo a mi tío que lo favorecería dentro de un par de años, cuando la situación del país estuviera más tranquila y él retomara las riendas de un territorio que parecía querer desbocarse una vez más.
Lo interesante está en lo que pasó días después, la noche anterior a la partida de Díaz de regreso a México. Según Gervasio, que por aquel entonces ya administraba la hacienda, pues a mi tío las cuestiones relacionadas a las cuentas lo desesperaban, se escuchó una discusión que pudo haber sacudido al país entero. Aquí es cuando todo se hace borroso. Se escucharon varios balazos. Los peones hubieran intervenido, pero la presencia de Díaz los intimidó. Al día siguiente, cuando el presidente se despidió, por la noche, a mi tío se le vio destrozando el piso de la sala. Casi todos coinciden en que ahí mismo fue enterrada una mujer. A partir de entonces, el rumor comenzó a crecer por todo el pueblo. A mi tío pareció no importarle. Se dice que empezó a deteriorase su salud mental, pero el contador afirma que siempre lo vio igual, juicioso y sin demasiados problemas. Los rumores apuntaban hacia dos principales teorías: o mi tío mató a su esposa delante de Díaz o fue el presidente el que asesinó a esa mujer; después de esa noche nunca se volvió a ver a doña Refugio. Lo curioso, me dijo el contador, es que a pesar de todo lo que pasó, su tío siguió siendo porfirista hasta la muerte.
Toda esa plática me hizo pensar en las historias familiares. Un día mis padres me contaron que el tío Román era viudo, pero jamás me dieron detalles de lo que pasó, y a mí eso no me interesaba saberlo. Ahora, en cambio, se había despertado en mi mente esa curiosidad casi infantil de conocer la historia de mi tía.
Me intrigó tanto la historia de mi tío y don Porfirio que la quise corroborar con la gente de la hacienda y con las personas de Santa Rita. Las variaciones entre las distintas versiones dentro de la hacienda no eran demasiado grandes, por lo que llegué a la conclusión de que la médula de la historia era completamente cierta. De mi tía, los más viejos decían que su desaparición fue culpa de Díaz. En el pueblo, en cambio, las cosas cambiaban un poco: el muerto es una cosa y doña Refugio otra; a su tía la raptó el presidente para hacerla su querida. Le pregunté a una señora que frecuentaba la mansión Palafox si en Santa Rita había rencor contra el presidente, pero me dijo que no, que más bien era coraje contra los hombres. ¿Entonces a mí todos me miran feo por varón? Mire, don Alfredo, me decía, ustedes los de México no entenderán nunca la provincia, y a nosotros no nos interesa conocerlos. ¿Qué? Vaya a fregar a otras personas con sus preguntas y deje a los muertos en paz.
Matices aparte, la única que no veía con buenos ojos la estancia de Díaz en el pueblo fue, por supuesto, Ofelia – quien ni siquiera había nacido en aquel tiempo; sus ojos vieron la luz ya bien entrados los primeros años del segundo mandato del presidente, ahí de 1888.
Un día en que la fui a visitar me encontré con Adelina, su criada, la india más culta de todo México – o al menos ésa fue mi percepción. No tardó en decirme, luego de cuestionarla, que lo de Díaz fue lo mejor que le pudo pasar al pueblo, al menos para sacarnos del tedio, me dijo. Le pregunté cómo era posible que supiera tanto. Me aburro siendo sólo una criada, me contestó, y no tengo nada más que hacer. Decidí creerle. Después le pregunté por Ofelia y me dijo que estaba en clases de canto y que su madre había dispuesto que nadie la molestara. Al cabo de media hora vi salir de la habitación donde está el piano a una mujer rubia, muy blanca, más o menos de mi edad – veinticinco años, a lo mucho – con los ojos azules como un mar rabioso. Es la señorita Strelnikova, me dijo Adelina, la maestra de canto de Ofelia. ¿Y qué hace una rusa en este pueblo?, pregunté. Ay, señor, respondió con cierto aire de ternura, si tuvimos aquí al presidente Díaz por qué no íbamos a tener a una rusa; y eso que aún no conoce a Ji Jung-ho. ¿A quién? Un coreano que vive en la mansión de al lado que convirtió en un restaurante oriental. Qué pueblo tan raro, me sorprendí. No tanto, objetó, usted duerme con una muerta enterrada en la sala; eso sí es algo muy enfermo, como del buen Poe, ¿no cree?
Ciertamente lo era: aunque luterano siempre peleado con un país profundamente católico, yo tampoco veía con buenos ojos que la sepultura de una persona fuera tan pedestre, como si se tratara de un entierro ritual de cuando la civilidad no llegaba aún a las personas. A partir de ese día no me pude sacar de la cabeza la idea de que los huesos de alguien estuvieran debajo de la sala. Por otro lado, también me llegó a intrigar la actitud de la gente del pueblo: a nadie le interesaba desenterrar el cadáver – si es que de verdad había uno –, a diferencia de lo que ocurría en El corazón delator de Poe, como ya lo adelantara Adelina. Aquí se rumoraba, se inventaban historias, pero no era realmente importante comprender o investigar a fondo lo que ocurría. La verdad es que yo tampoco le presté mucha atención, así que preferí dedicarle mi tiempo a visitar la casa de los Palafox.
Eso sí, cada semana dejaba unas flores en el medio de la sala. Durante el primer mes fue algo complicado porque las sirvientas las levantaban y las ponían en algún jarrón o se las robaban para dejarlas en una tumba verdadera. Las regañé y fue ahí cuando me conocieron como patrón. Así son los de México, solía decir, en tono pedante y despectivo, una criada rebelde a la que regañé más de veinte veces.
Ese rasgo de excentricidad se hizo famoso en el pueblo en cuestión de poco tiempo. La gente normal me seguía viendo raro, con cierto asco. Supuse que se debía a mi costumbre de convivir con un cadáver o a que alguien había descubierto mi protestantismo. Intrigado por eso, un día en que me encontré por la plaza a la señorita Strelnikova le pregunté si no era difícil ser una ortodoxa entre católicos. Me miró con sus ojos de azul incredulidad: Aquí hay hasta un budista, ¿o cree que el coreano es cristiano? Cambié de estrategia: ¿entonces no es problema ser un extranjero? Este pueblo me ha tratado bien. ¿Y desde cuando estás aquí?, le pregunté. Yo también tengo mis historias de muerte. No entiendo, dije. A Santa Rita todos venimos a refugiarnos o a encontrarnos con la muerte, contestó. ¿Lo que me dices se trata de un extraño y oscuro sentido del humor ruso?, aventuré luego de escuchar esas palabras que me impactaron. Usted vino porque alguien murió. Le di la razón. Su mirada se ablandó y luego contestó: Lo mismo que yo, pero no me miran feo. ¿Y a qué se debe?, le pregunté. No sé, pregúntele a Adelina.
Conociendo todo eso y luego de tomar en cuenta las palabras de la señorita Strelnikova, no comprendí por qué yo era el único al que la gente veía raro. La iglesia – lo que me pareció sorprendente – no condenaba ni siquiera a Ji Jung-ho, de quien la diócesis de la capital diría que adoraba a ídolos perversos que no glorificaban al Cristo. A Ofelia también la conocían por sus ideas revolucionarias, pero nadie le decía nada, ni siquiera su padre, un militar porfirista. La gente no se impresionaba con Adelina, esa india que sabía más que cualquiera. En cambio, yo era el bicho raro en un pueblo de fenómenos.
Al final no soporté y le pregunté a la criada de Ofelia si a mi tío también lo veían extraño por lo del muerto. Qué va, él era tan normal como todos los demás. ¿Entonces por qué a mí me miran como si estuviera enfermo? No es cuestión del muerto, eso es lo de menos porque la muerte en este pueblo es como si no existiera, ¿me entiende?; su problema no es la ultratumba, sino su procedencia. ¿Cómo? Sí, usted es de México. ¿Y eso que tiene de extraño?, pregunté exaltado, ¡tienen a un coreano y a una rusa paseando por sus calles!, o dígame si a Díaz también lo veían raro. ¿Y a él por qué?, parece que se le olvida que él es oaxaqueño avecindado en México; el problema no son los entierros, son los que vienen de México, así que váyase acostumbrando. ¿Y qué tiene de malo venir de la capital? Eso. ¿Eso qué?, pregunté enojado. Eso, reiteró, que vienen de la capital.
Estando de regreso en la hacienda me quedé un rato meditando. Y así, entre pensamientos que volaban, perversos como el último aliento que exhalan los muertos, se pasaron los meses, con el año amenazando con morir y dar paso a 1910.
Me seguían viendo raro, pero me tranquilizaba que no fuera por mi nueva costumbre de hablar con el cadáver de la sala cada noche. Llegué a darme cuenta de que existía la posibilidad de que esto siguiera siendo así hasta que yo me fuera de Santa Rita, o bien cuando ocurriera algo que me despojara de todos mis vínculos con México.
Así fue como dos nuevas obsesiones se alojaron en mis hábitos: la idea de casarme con Ofelia para arreglar mi condición tan ajena (lo del protestantismo, que supuse era lo de menos en este pueblo, se arreglaría más tarde sin mayor complicación; me imaginé, además, que, revolucionaria como era, estaría gustosa de vivir conmigo sin necesidad de bendición alguna) y la de velar por un muerto que no me pertenecía, pero que sentía latente debajo de mi casa. Entonces me di cuenta de algo muy curioso: tanto los difuntos como las mujeres exigen flores por igual para refrendar el vínculo con uno.
Eso sí, las que compré nunca fueron para enamorar a Ofelia.
Gervasio era de esos viejos que habían vivido toda su vida en la hacienda y que no conocen otros horizontes que la puerta por donde salen las carretas rumbo a Santa Rita. Él fue quien me guió por mi nueva casa. Me mostró la habitación principal – la que había ocupado mi tío antes de morir y heredarme este lugar –, y cuando la vi supe que era urgente una remodelación. Así fue como di mi primera orden: Diles a los criados que necesito cambiar la imagen de este lugar; el tío Román no le tenía gran aprecio a la estética, ¿verdad?
Llegué a este sitio casi por accidente: heredé la hacienda y todas las posesiones de ese viejo porque yo era su único pariente vivo – mis padres habían muerto unos años atrás, antes de que yo concluyera mis estudios de leyes en México, que es donde siempre viví. No tenía planeado moverme de la capital a un pueblo, pero me sedujo la idea de ser el forastero que en cuestión de días se convertía en el dueño de la hacienda más importante del lugar.
La perspectiva de mis días fue acertada: en poco tiempo ya todo el mundo me conocía y me trataba, aunque con reservas, de don Alfredo – lo que me parecía excesivo: yo era apenas un joven de veinticinco años que encima era soltero (buen incentivo). Pasaron pocos días para que me llegaran invitaciones para reunirme con el gobernador de Santa Rita – un viejo amigo de mi tío.
Aquí las cosas son muy tranquilas, me decía don Ignacio en su oficina del ayuntamiento. Espero que su recibimiento tan cordial no sea sólo porque soy sobrino de don Román. Lanzó una carcajada forzada y, mientras me servía jerez en una copa de vidrio soplado – se esmeró en realzar ese detalle –, continuó su charla: No se crea, joven; aquí todos somos muy hospitalarios, seguro que en poco tiempo podrá hacerse de buenas amistades; por cierto, ¿ya conoce a los Palafox?, si quiere yo se los puedo presentar. ¿Tienen alguna hija soltera?, pregunté en tono de broma, aunque él entendió otra cosa. Ofelia está bien chula, seguro que si se esfuerza la puede conquistar. Chocamos las copas y bebimos: el jerez estaba horrible.
Al cabo de unas dos semanas llegué a la casa de los Palafox. Me abrió la puerta una india que me miró feo. Le dije que venía de parte de don Ignacio y que seguramente el teniente Eraclio estaría al tanto de mi visita. Esperé durante algunos minutos en la sala, tratando de ver si por lo menos en ese hogar había buen gusto: no me podía quejar. Después vi bajar a Ofelia, de quien ya don Ignacio me había hablado. Se trataba de una de las pocas mujeres blancas de este pueblo, aunque no tanto como yo, con los ojos cafés, un cuerpo generoso y el cabello ensortijado producto de un complicado e inútil peinado. ¿Quién es usted?, me preguntó. Le di la explicación de mi procedencia y al final, con una mueca de disgusto, sólo me contestó con: Ah, ya, el mexicano; bueno, entonces en unos momentos baja mi padre. Sin decir nada más, Ofelia se marchó junto a la india que me había abierto la puerta.
Lo que más me sorprendió fue la pregunta de bienvenida que don Eraclio me hizo: ¿Ya le contaron la historia del muerto? Dudé por unos segundos a causa de la que me pareció una descortesía. Sí, ya, un chamaco me lo contó. No me extraña, contestó, cuando su tío murió todo el mundo habló por un tiempo de los entierros que había en la hacienda; no haga caso, ya sabe usted cómo son los rumores, la gente es chismosa y no tiene nada más que hacer; en fin, ¿quiere un jerecito? Acepté sin muchas ganas. Afortunadamente el licor era mejor en esta casa que en el ayuntamiento.
Las siguientes semanas las pasé yendo y viniendo de la hacienda al pueblo, paseándome siempre por la plaza, que era lo único rescatable del lugar. Lo que me entretenía era leer la lista de los muertos que se ponía en el muro del ayuntamiento. Cada dos semanas había una nueva. Ésta se dividía en dos: algunos cadáveres que se encontraban tirados en las calles de Santa Rita y que alguien reconocía, y los que morían en algún conflicto militar o que simplemente eran parte del ejército.
Usted es nuevo, afirmó con mala cara el que se encargaba de colocar la lista, de México. Asentí mientras seguía leyendo. Ya se hizo costumbre desde hace unos años poner los nombres de los muertitos, me dijo con una tristeza que no entendí. ¿No es demasiado morboso?, entiendo los de la guerra, ¿pero la gente común y corriente? Se encogió de hombros y me contestó: Sí, lo mismo pienso, pero qué puedo hacer, yo sólo escribo lo que me dictan. Después me decidí a preguntarle si había escuchado la historia del muerto en la hacienda. Ah, meditó, sí, creo que sí, pero la verdad es que no sé mucho; pa’ mí que es puro invento; lo que pasa es que el viejo siempre fue como raro.
Cuando Ignacio dejó de cuidar las apariencias, al cabo de un mes y medio, me invitó al burdel que estaba por el centro. Decliné la invitación, no porque me horrorizara el hecho de acostarme con alguna ramera, sino porque imaginé que las mujeres en los pueblos seguramente eran aún más sucias que en la ciudad. La excusa que él escuchó, en todo caso, fue efectiva: ¿Qué va a pensar mi futura prometida si se sabe que estoy yendo a un lugar de esos? Se rió y después me palmeó la espalda: ¿Ya te estás entendiendo con Ofelia?
La verdad es que me entendía más con su padre, porque esa muchacha tenía unas ideas muy raras que no sé dónde aprendió. Se me hizo raro que en un hogar conservador, donde el patriarca era un militar retirado, se le permitiera tener ideas que coqueteaban con esa ideología alemana que tan de moda se estaba poniendo. A veces platicábamos en el patio sobre política y ella siempre salía con un argumento de corte materialista que me inquietaba. Así soy yo: todo el deseo que puedo sentir por una mujer es variable respecto a su intelectualidad (y la limpieza – no sé por qué tengo ese fetiche). Ella era culta, pero demasiado influenciada por Marx. Para romper la tensión, pues siempre acabábamos discutiendo acaloradamente – su criada parecía darme la razón con la mirada de desaprobación que siempre le dirigía a su ama –, don Ignacio solía dirigirse a la sala con el fin de que, frente al piano, Ofelia nos cantara algo. No lo hacía nada mal, pero el canto nunca fue una virtud que yo apreciara demasiado.
Tanto el gobernador como el teniente estaban conspirando para que ella y yo nos entendiéramos, así que, en un acto de complicidad, nos solían dejar solos. La primera vez que eso sucedió no pudo faltar el tema con el que me abordaban todos en el pueblo: ¿No te ha espantado el muerto de la hacienda? Me enojé, porque además de esas preguntas incómodas jamás me habían dado más información – y yo no quería preguntarle a Gervasio. ¿Entonces tú sabes algo de eso? Nada más lo que la gente cuenta, que no es mucho; dicen que tu tío se volvió loco y enterró a alguien ahí, sin darle cristiana sepultura. Me comporté incrédulo: ¿Una materialista hablando de cristiandad?, tú sólo quieres sorprenderme. No me digas que eres ateo. Protestante, para ser exactos. ¿Se puede ser protestante y vivir en paz en México? No, pero como tú eres la rebelde lo puedes saber. Agitó su cabello y continuó: Y weberiano, me imagino. Más que marxista, sí, le respondí. La vi interesada, así que continué: A Estados Unidos le bastó con su independencia, aquí nos peleamos por todo. Hey, me interrumpió, no te olvides de la guerra de secesión. Mmmm, pensé por unos segundos, eso no fue más que una curiosidad histórica.
Al salir, la india me acompañó a la puerta y, cuando nadie estaba viendo, me dijo en voz baja: Nadie la convencerá jamás de que Hegel fue un filósofo de poca monta, un indigno hijo intelectual de Platón, otro filósofo perverso al que le encantaba la idea de someter a todos a la servidumbre. Después salió corriendo. Esa noche no pude dormir en paz, no por culpa del muerto, sino porque no entendí cómo una criada tenía idea de aquel pensador alemán o de ese afamado filósofo griego.
Por unos días traté de apartarme de la sociedad y me recluí en la hacienda para revisar todo lo que había en ella. Entre tantas pláticas con Ignacio, Eraclio y Ofelia, no tuve tiempo para revisar a fondo la casa que habitaba y administraba desde hacía varios meses, que pasaron sin que yo me diera cuenta. Aunque la contabilidad la llevaba Gervasio, tomé la decisión de involucrarme un poco más. Es una buena temporada, me dijo aquel hombre trayéndome todos los libros contables, si lo compara con años anteriores, previos a la muerte de su tío, no la estamos pasando nada mal. ¿No será que el muerto de la hacienda nos está proveyendo con un mejor ganado ahora que no está el loco de mi tío? Al parecer el viejo no quiso entender mi ironía. Perdóneme que se lo diga, mexicanito, tomó aire, pero no tiene ni puta idea de lo que habla; ojalá que fuera un rumor. La historia que me contó pecaba de fantástica, pero no sé por qué quise creerle.
A decir de él, varios años atrás el presidente Díaz, que por aquel tiempo estaba tomando un descanso mientras su compadre Manuel González se hacía cargo del país, había estado dando vueltas por la nación hasta que, a poco tiempo de regresar al poder, entre los rumores sobre la debilidad carnal de González y los problemas económicos suscitados por el envilecimiento de la moneda, se topó con Santa Rita. Algo le gustó del pueblo, porque él se quedó varios días. Todo fue una gran verbena, decían, y no era para menos: un personaje importante de la vida nacional había pisado un suelo que hasta a los pobladores les parecía olvidado.
Para aquel entonces mi tío ocupaba la hacienda. Fue un tiempo muy fructífero, añadió el contador, la cría del ganado estaba en su apogeo y las tierras rendían incluso más que ahora. Don Porfirio fue invitado a pasar unos días en la casa. Ante la incredulidad de todos, haciendo un alarde de humildad, el ahora presidente aceptó. El invitado de honor, según los comentarios de los viejos de por aquí, se sintió muy a gusto, por lo que le dijo a mi tío que lo favorecería dentro de un par de años, cuando la situación del país estuviera más tranquila y él retomara las riendas de un territorio que parecía querer desbocarse una vez más.
Lo interesante está en lo que pasó días después, la noche anterior a la partida de Díaz de regreso a México. Según Gervasio, que por aquel entonces ya administraba la hacienda, pues a mi tío las cuestiones relacionadas a las cuentas lo desesperaban, se escuchó una discusión que pudo haber sacudido al país entero. Aquí es cuando todo se hace borroso. Se escucharon varios balazos. Los peones hubieran intervenido, pero la presencia de Díaz los intimidó. Al día siguiente, cuando el presidente se despidió, por la noche, a mi tío se le vio destrozando el piso de la sala. Casi todos coinciden en que ahí mismo fue enterrada una mujer. A partir de entonces, el rumor comenzó a crecer por todo el pueblo. A mi tío pareció no importarle. Se dice que empezó a deteriorase su salud mental, pero el contador afirma que siempre lo vio igual, juicioso y sin demasiados problemas. Los rumores apuntaban hacia dos principales teorías: o mi tío mató a su esposa delante de Díaz o fue el presidente el que asesinó a esa mujer; después de esa noche nunca se volvió a ver a doña Refugio. Lo curioso, me dijo el contador, es que a pesar de todo lo que pasó, su tío siguió siendo porfirista hasta la muerte.
Toda esa plática me hizo pensar en las historias familiares. Un día mis padres me contaron que el tío Román era viudo, pero jamás me dieron detalles de lo que pasó, y a mí eso no me interesaba saberlo. Ahora, en cambio, se había despertado en mi mente esa curiosidad casi infantil de conocer la historia de mi tía.
Me intrigó tanto la historia de mi tío y don Porfirio que la quise corroborar con la gente de la hacienda y con las personas de Santa Rita. Las variaciones entre las distintas versiones dentro de la hacienda no eran demasiado grandes, por lo que llegué a la conclusión de que la médula de la historia era completamente cierta. De mi tía, los más viejos decían que su desaparición fue culpa de Díaz. En el pueblo, en cambio, las cosas cambiaban un poco: el muerto es una cosa y doña Refugio otra; a su tía la raptó el presidente para hacerla su querida. Le pregunté a una señora que frecuentaba la mansión Palafox si en Santa Rita había rencor contra el presidente, pero me dijo que no, que más bien era coraje contra los hombres. ¿Entonces a mí todos me miran feo por varón? Mire, don Alfredo, me decía, ustedes los de México no entenderán nunca la provincia, y a nosotros no nos interesa conocerlos. ¿Qué? Vaya a fregar a otras personas con sus preguntas y deje a los muertos en paz.
Matices aparte, la única que no veía con buenos ojos la estancia de Díaz en el pueblo fue, por supuesto, Ofelia – quien ni siquiera había nacido en aquel tiempo; sus ojos vieron la luz ya bien entrados los primeros años del segundo mandato del presidente, ahí de 1888.
Un día en que la fui a visitar me encontré con Adelina, su criada, la india más culta de todo México – o al menos ésa fue mi percepción. No tardó en decirme, luego de cuestionarla, que lo de Díaz fue lo mejor que le pudo pasar al pueblo, al menos para sacarnos del tedio, me dijo. Le pregunté cómo era posible que supiera tanto. Me aburro siendo sólo una criada, me contestó, y no tengo nada más que hacer. Decidí creerle. Después le pregunté por Ofelia y me dijo que estaba en clases de canto y que su madre había dispuesto que nadie la molestara. Al cabo de media hora vi salir de la habitación donde está el piano a una mujer rubia, muy blanca, más o menos de mi edad – veinticinco años, a lo mucho – con los ojos azules como un mar rabioso. Es la señorita Strelnikova, me dijo Adelina, la maestra de canto de Ofelia. ¿Y qué hace una rusa en este pueblo?, pregunté. Ay, señor, respondió con cierto aire de ternura, si tuvimos aquí al presidente Díaz por qué no íbamos a tener a una rusa; y eso que aún no conoce a Ji Jung-ho. ¿A quién? Un coreano que vive en la mansión de al lado que convirtió en un restaurante oriental. Qué pueblo tan raro, me sorprendí. No tanto, objetó, usted duerme con una muerta enterrada en la sala; eso sí es algo muy enfermo, como del buen Poe, ¿no cree?
Ciertamente lo era: aunque luterano siempre peleado con un país profundamente católico, yo tampoco veía con buenos ojos que la sepultura de una persona fuera tan pedestre, como si se tratara de un entierro ritual de cuando la civilidad no llegaba aún a las personas. A partir de ese día no me pude sacar de la cabeza la idea de que los huesos de alguien estuvieran debajo de la sala. Por otro lado, también me llegó a intrigar la actitud de la gente del pueblo: a nadie le interesaba desenterrar el cadáver – si es que de verdad había uno –, a diferencia de lo que ocurría en El corazón delator de Poe, como ya lo adelantara Adelina. Aquí se rumoraba, se inventaban historias, pero no era realmente importante comprender o investigar a fondo lo que ocurría. La verdad es que yo tampoco le presté mucha atención, así que preferí dedicarle mi tiempo a visitar la casa de los Palafox.
Eso sí, cada semana dejaba unas flores en el medio de la sala. Durante el primer mes fue algo complicado porque las sirvientas las levantaban y las ponían en algún jarrón o se las robaban para dejarlas en una tumba verdadera. Las regañé y fue ahí cuando me conocieron como patrón. Así son los de México, solía decir, en tono pedante y despectivo, una criada rebelde a la que regañé más de veinte veces.
Ese rasgo de excentricidad se hizo famoso en el pueblo en cuestión de poco tiempo. La gente normal me seguía viendo raro, con cierto asco. Supuse que se debía a mi costumbre de convivir con un cadáver o a que alguien había descubierto mi protestantismo. Intrigado por eso, un día en que me encontré por la plaza a la señorita Strelnikova le pregunté si no era difícil ser una ortodoxa entre católicos. Me miró con sus ojos de azul incredulidad: Aquí hay hasta un budista, ¿o cree que el coreano es cristiano? Cambié de estrategia: ¿entonces no es problema ser un extranjero? Este pueblo me ha tratado bien. ¿Y desde cuando estás aquí?, le pregunté. Yo también tengo mis historias de muerte. No entiendo, dije. A Santa Rita todos venimos a refugiarnos o a encontrarnos con la muerte, contestó. ¿Lo que me dices se trata de un extraño y oscuro sentido del humor ruso?, aventuré luego de escuchar esas palabras que me impactaron. Usted vino porque alguien murió. Le di la razón. Su mirada se ablandó y luego contestó: Lo mismo que yo, pero no me miran feo. ¿Y a qué se debe?, le pregunté. No sé, pregúntele a Adelina.
Conociendo todo eso y luego de tomar en cuenta las palabras de la señorita Strelnikova, no comprendí por qué yo era el único al que la gente veía raro. La iglesia – lo que me pareció sorprendente – no condenaba ni siquiera a Ji Jung-ho, de quien la diócesis de la capital diría que adoraba a ídolos perversos que no glorificaban al Cristo. A Ofelia también la conocían por sus ideas revolucionarias, pero nadie le decía nada, ni siquiera su padre, un militar porfirista. La gente no se impresionaba con Adelina, esa india que sabía más que cualquiera. En cambio, yo era el bicho raro en un pueblo de fenómenos.
Al final no soporté y le pregunté a la criada de Ofelia si a mi tío también lo veían extraño por lo del muerto. Qué va, él era tan normal como todos los demás. ¿Entonces por qué a mí me miran como si estuviera enfermo? No es cuestión del muerto, eso es lo de menos porque la muerte en este pueblo es como si no existiera, ¿me entiende?; su problema no es la ultratumba, sino su procedencia. ¿Cómo? Sí, usted es de México. ¿Y eso que tiene de extraño?, pregunté exaltado, ¡tienen a un coreano y a una rusa paseando por sus calles!, o dígame si a Díaz también lo veían raro. ¿Y a él por qué?, parece que se le olvida que él es oaxaqueño avecindado en México; el problema no son los entierros, son los que vienen de México, así que váyase acostumbrando. ¿Y qué tiene de malo venir de la capital? Eso. ¿Eso qué?, pregunté enojado. Eso, reiteró, que vienen de la capital.
Estando de regreso en la hacienda me quedé un rato meditando. Y así, entre pensamientos que volaban, perversos como el último aliento que exhalan los muertos, se pasaron los meses, con el año amenazando con morir y dar paso a 1910.
Me seguían viendo raro, pero me tranquilizaba que no fuera por mi nueva costumbre de hablar con el cadáver de la sala cada noche. Llegué a darme cuenta de que existía la posibilidad de que esto siguiera siendo así hasta que yo me fuera de Santa Rita, o bien cuando ocurriera algo que me despojara de todos mis vínculos con México.
Así fue como dos nuevas obsesiones se alojaron en mis hábitos: la idea de casarme con Ofelia para arreglar mi condición tan ajena (lo del protestantismo, que supuse era lo de menos en este pueblo, se arreglaría más tarde sin mayor complicación; me imaginé, además, que, revolucionaria como era, estaría gustosa de vivir conmigo sin necesidad de bendición alguna) y la de velar por un muerto que no me pertenecía, pero que sentía latente debajo de mi casa. Entonces me di cuenta de algo muy curioso: tanto los difuntos como las mujeres exigen flores por igual para refrendar el vínculo con uno.
Eso sí, las que compré nunca fueron para enamorar a Ofelia.




