De la capital a la muerte

Publicado por Cronos | Etiquetas: , | Posted On lunes 16 de noviembre de 2009 at 11:15

Estoy trabajando en un libro de relatos que, a su vez, puedan leerse como tres pequeñas novelas. El eje temático es la muerte en distintas etapas de la historia. La primera historia lleva por título Daguerrotipo y se ubica en un pueblito ficticio de México de 1909 a 1911. Éste es el primer cuento de esa nouvelle. Mi objetivo no es ser del todo conclusivo con cada texto, pues los personajes se repetirán en los siguientes cuentos, pero creo que la mayoría podrán leerse de manera independiente sin mayor problema.

DE LA CAPITAL A LA MUERTE


¿Por qué dices México?, le pregunté, si México es todo el país; ¿por qué no dices el DF, como todos? Porque así nos enseñaron, respondió.
ÁLVARO ENRIGUE


Lo juro, dicen que ahí abajo hay un muerto. ¿De qué estás hablando, chamaco?, le pregunté al niño que me recibió cuando entré a la hacienda. A juzgar por su mirada, parecía convencido de lo que decía, más allá de lo fantástico de su historia. Encontrar esqueletos debajo del piso de la sala de la casa grande no es algo que suceda todos los días. Si quiere pregúntele a don Gervasio, me recomendó con inquietud, él le puede contar toda la historia. Entonces saqué de mi bolsillo un pequeño saco con monedas que me sobraban y se lo entregué: Anda, el dinero te va a caer mejor que todos esos cuentos.

Gervasio era de esos viejos que habían vivido toda su vida en la hacienda y que no conocen otros horizontes que la puerta por donde salen las carretas rumbo a Santa Rita. Él fue quien me guió por mi nueva casa. Me mostró la habitación principal – la que había ocupado mi tío antes de morir y heredarme este lugar –, y cuando la vi supe que era urgente una remodelación. Así fue como di mi primera orden: Diles a los criados que necesito cambiar la imagen de este lugar; el tío Román no le tenía gran aprecio a la estética, ¿verdad?

Llegué a este sitio casi por accidente: heredé la hacienda y todas las posesiones de ese viejo porque yo era su único pariente vivo – mis padres habían muerto unos años atrás, antes de que yo concluyera mis estudios de leyes en México, que es donde siempre viví. No tenía planeado moverme de la capital a un pueblo, pero me sedujo la idea de ser el forastero que en cuestión de días se convertía en el dueño de la hacienda más importante del lugar.

La perspectiva de mis días fue acertada: en poco tiempo ya todo el mundo me conocía y me trataba, aunque con reservas, de don Alfredo – lo que me parecía excesivo: yo era apenas un joven de veinticinco años que encima era soltero (buen incentivo). Pasaron pocos días para que me llegaran invitaciones para reunirme con el gobernador de Santa Rita – un viejo amigo de mi tío.

Aquí las cosas son muy tranquilas, me decía don Ignacio en su oficina del ayuntamiento. Espero que su recibimiento tan cordial no sea sólo porque soy sobrino de don Román. Lanzó una carcajada forzada y, mientras me servía jerez en una copa de vidrio soplado – se esmeró en realzar ese detalle –, continuó su charla: No se crea, joven; aquí todos somos muy hospitalarios, seguro que en poco tiempo podrá hacerse de buenas amistades; por cierto, ¿ya conoce a los Palafox?, si quiere yo se los puedo presentar. ¿Tienen alguna hija soltera?, pregunté en tono de broma, aunque él entendió otra cosa. Ofelia está bien chula, seguro que si se esfuerza la puede conquistar. Chocamos las copas y bebimos: el jerez estaba horrible.

Al cabo de unas dos semanas llegué a la casa de los Palafox. Me abrió la puerta una india que me miró feo. Le dije que venía de parte de don Ignacio y que seguramente el teniente Eraclio estaría al tanto de mi visita. Esperé durante algunos minutos en la sala, tratando de ver si por lo menos en ese hogar había buen gusto: no me podía quejar. Después vi bajar a Ofelia, de quien ya don Ignacio me había hablado. Se trataba de una de las pocas mujeres blancas de este pueblo, aunque no tanto como yo, con los ojos cafés, un cuerpo generoso y el cabello ensortijado producto de un complicado e inútil peinado. ¿Quién es usted?, me preguntó. Le di la explicación de mi procedencia y al final, con una mueca de disgusto, sólo me contestó con: Ah, ya, el mexicano; bueno, entonces en unos momentos baja mi padre. Sin decir nada más, Ofelia se marchó junto a la india que me había abierto la puerta.

Lo que más me sorprendió fue la pregunta de bienvenida que don Eraclio me hizo: ¿Ya le contaron la historia del muerto? Dudé por unos segundos a causa de la que me pareció una descortesía. Sí, ya, un chamaco me lo contó. No me extraña, contestó, cuando su tío murió todo el mundo habló por un tiempo de los entierros que había en la hacienda; no haga caso, ya sabe usted cómo son los rumores, la gente es chismosa y no tiene nada más que hacer; en fin, ¿quiere un jerecito? Acepté sin muchas ganas. Afortunadamente el licor era mejor en esta casa que en el ayuntamiento.

Las siguientes semanas las pasé yendo y viniendo de la hacienda al pueblo, paseándome siempre por la plaza, que era lo único rescatable del lugar. Lo que me entretenía era leer la lista de los muertos que se ponía en el muro del ayuntamiento. Cada dos semanas había una nueva. Ésta se dividía en dos: algunos cadáveres que se encontraban tirados en las calles de Santa Rita y que alguien reconocía, y los que morían en algún conflicto militar o que simplemente eran parte del ejército.

Usted es nuevo, afirmó con mala cara el que se encargaba de colocar la lista, de México. Asentí mientras seguía leyendo. Ya se hizo costumbre desde hace unos años poner los nombres de los muertitos, me dijo con una tristeza que no entendí. ¿No es demasiado morboso?, entiendo los de la guerra, ¿pero la gente común y corriente? Se encogió de hombros y me contestó: Sí, lo mismo pienso, pero qué puedo hacer, yo sólo escribo lo que me dictan. Después me decidí a preguntarle si había escuchado la historia del muerto en la hacienda. Ah, meditó, sí, creo que sí, pero la verdad es que no sé mucho; pa’ mí que es puro invento; lo que pasa es que el viejo siempre fue como raro.

Cuando Ignacio dejó de cuidar las apariencias, al cabo de un mes y medio, me invitó al burdel que estaba por el centro. Decliné la invitación, no porque me horrorizara el hecho de acostarme con alguna ramera, sino porque imaginé que las mujeres en los pueblos seguramente eran aún más sucias que en la ciudad. La excusa que él escuchó, en todo caso, fue efectiva: ¿Qué va a pensar mi futura prometida si se sabe que estoy yendo a un lugar de esos? Se rió y después me palmeó la espalda: ¿Ya te estás entendiendo con Ofelia?

La verdad es que me entendía más con su padre, porque esa muchacha tenía unas ideas muy raras que no sé dónde aprendió. Se me hizo raro que en un hogar conservador, donde el patriarca era un militar retirado, se le permitiera tener ideas que coqueteaban con esa ideología alemana que tan de moda se estaba poniendo. A veces platicábamos en el patio sobre política y ella siempre salía con un argumento de corte materialista que me inquietaba. Así soy yo: todo el deseo que puedo sentir por una mujer es variable respecto a su intelectualidad (y la limpieza – no sé por qué tengo ese fetiche). Ella era culta, pero demasiado influenciada por Marx. Para romper la tensión, pues siempre acabábamos discutiendo acaloradamente – su criada parecía darme la razón con la mirada de desaprobación que siempre le dirigía a su ama –, don Ignacio solía dirigirse a la sala con el fin de que, frente al piano, Ofelia nos cantara algo. No lo hacía nada mal, pero el canto nunca fue una virtud que yo apreciara demasiado.

Tanto el gobernador como el teniente estaban conspirando para que ella y yo nos entendiéramos, así que, en un acto de complicidad, nos solían dejar solos. La primera vez que eso sucedió no pudo faltar el tema con el que me abordaban todos en el pueblo: ¿No te ha espantado el muerto de la hacienda? Me enojé, porque además de esas preguntas incómodas jamás me habían dado más información – y yo no quería preguntarle a Gervasio. ¿Entonces tú sabes algo de eso? Nada más lo que la gente cuenta, que no es mucho; dicen que tu tío se volvió loco y enterró a alguien ahí, sin darle cristiana sepultura. Me comporté incrédulo: ¿Una materialista hablando de cristiandad?, tú sólo quieres sorprenderme. No me digas que eres ateo. Protestante, para ser exactos. ¿Se puede ser protestante y vivir en paz en México? No, pero como tú eres la rebelde lo puedes saber. Agitó su cabello y continuó: Y weberiano, me imagino. Más que marxista, sí, le respondí. La vi interesada, así que continué: A Estados Unidos le bastó con su independencia, aquí nos peleamos por todo. Hey, me interrumpió, no te olvides de la guerra de secesión. Mmmm, pensé por unos segundos, eso no fue más que una curiosidad histórica.

Al salir, la india me acompañó a la puerta y, cuando nadie estaba viendo, me dijo en voz baja: Nadie la convencerá jamás de que Hegel fue un filósofo de poca monta, un indigno hijo intelectual de Platón, otro filósofo perverso al que le encantaba la idea de someter a todos a la servidumbre. Después salió corriendo. Esa noche no pude dormir en paz, no por culpa del muerto, sino porque no entendí cómo una criada tenía idea de aquel pensador alemán o de ese afamado filósofo griego.

Por unos días traté de apartarme de la sociedad y me recluí en la hacienda para revisar todo lo que había en ella. Entre tantas pláticas con Ignacio, Eraclio y Ofelia, no tuve tiempo para revisar a fondo la casa que habitaba y administraba desde hacía varios meses, que pasaron sin que yo me diera cuenta. Aunque la contabilidad la llevaba Gervasio, tomé la decisión de involucrarme un poco más. Es una buena temporada, me dijo aquel hombre trayéndome todos los libros contables, si lo compara con años anteriores, previos a la muerte de su tío, no la estamos pasando nada mal. ¿No será que el muerto de la hacienda nos está proveyendo con un mejor ganado ahora que no está el loco de mi tío? Al parecer el viejo no quiso entender mi ironía. Perdóneme que se lo diga, mexicanito, tomó aire, pero no tiene ni puta idea de lo que habla; ojalá que fuera un rumor. La historia que me contó pecaba de fantástica, pero no sé por qué quise creerle.

A decir de él, varios años atrás el presidente Díaz, que por aquel tiempo estaba tomando un descanso mientras su compadre Manuel González se hacía cargo del país, había estado dando vueltas por la nación hasta que, a poco tiempo de regresar al poder, entre los rumores sobre la debilidad carnal de González y los problemas económicos suscitados por el envilecimiento de la moneda, se topó con Santa Rita. Algo le gustó del pueblo, porque él se quedó varios días. Todo fue una gran verbena, decían, y no era para menos: un personaje importante de la vida nacional había pisado un suelo que hasta a los pobladores les parecía olvidado.

Para aquel entonces mi tío ocupaba la hacienda. Fue un tiempo muy fructífero, añadió el contador, la cría del ganado estaba en su apogeo y las tierras rendían incluso más que ahora. Don Porfirio fue invitado a pasar unos días en la casa. Ante la incredulidad de todos, haciendo un alarde de humildad, el ahora presidente aceptó. El invitado de honor, según los comentarios de los viejos de por aquí, se sintió muy a gusto, por lo que le dijo a mi tío que lo favorecería dentro de un par de años, cuando la situación del país estuviera más tranquila y él retomara las riendas de un territorio que parecía querer desbocarse una vez más.

Lo interesante está en lo que pasó días después, la noche anterior a la partida de Díaz de regreso a México. Según Gervasio, que por aquel entonces ya administraba la hacienda, pues a mi tío las cuestiones relacionadas a las cuentas lo desesperaban, se escuchó una discusión que pudo haber sacudido al país entero. Aquí es cuando todo se hace borroso. Se escucharon varios balazos. Los peones hubieran intervenido, pero la presencia de Díaz los intimidó. Al día siguiente, cuando el presidente se despidió, por la noche, a mi tío se le vio destrozando el piso de la sala. Casi todos coinciden en que ahí mismo fue enterrada una mujer. A partir de entonces, el rumor comenzó a crecer por todo el pueblo. A mi tío pareció no importarle. Se dice que empezó a deteriorase su salud mental, pero el contador afirma que siempre lo vio igual, juicioso y sin demasiados problemas. Los rumores apuntaban hacia dos principales teorías: o mi tío mató a su esposa delante de Díaz o fue el presidente el que asesinó a esa mujer; después de esa noche nunca se volvió a ver a doña Refugio. Lo curioso, me dijo el contador, es que a pesar de todo lo que pasó, su tío siguió siendo porfirista hasta la muerte.

Toda esa plática me hizo pensar en las historias familiares. Un día mis padres me contaron que el tío Román era viudo, pero jamás me dieron detalles de lo que pasó, y a mí eso no me interesaba saberlo. Ahora, en cambio, se había despertado en mi mente esa curiosidad casi infantil de conocer la historia de mi tía.

Me intrigó tanto la historia de mi tío y don Porfirio que la quise corroborar con la gente de la hacienda y con las personas de Santa Rita. Las variaciones entre las distintas versiones dentro de la hacienda no eran demasiado grandes, por lo que llegué a la conclusión de que la médula de la historia era completamente cierta. De mi tía, los más viejos decían que su desaparición fue culpa de Díaz. En el pueblo, en cambio, las cosas cambiaban un poco: el muerto es una cosa y doña Refugio otra; a su tía la raptó el presidente para hacerla su querida. Le pregunté a una señora que frecuentaba la mansión Palafox si en Santa Rita había rencor contra el presidente, pero me dijo que no, que más bien era coraje contra los hombres. ¿Entonces a mí todos me miran feo por varón? Mire, don Alfredo, me decía, ustedes los de México no entenderán nunca la provincia, y a nosotros no nos interesa conocerlos. ¿Qué? Vaya a fregar a otras personas con sus preguntas y deje a los muertos en paz.

Matices aparte, la única que no veía con buenos ojos la estancia de Díaz en el pueblo fue, por supuesto, Ofelia – quien ni siquiera había nacido en aquel tiempo; sus ojos vieron la luz ya bien entrados los primeros años del segundo mandato del presidente, ahí de 1888.

Un día en que la fui a visitar me encontré con Adelina, su criada, la india más culta de todo México – o al menos ésa fue mi percepción. No tardó en decirme, luego de cuestionarla, que lo de Díaz fue lo mejor que le pudo pasar al pueblo, al menos para sacarnos del tedio, me dijo. Le pregunté cómo era posible que supiera tanto. Me aburro siendo sólo una criada, me contestó, y no tengo nada más que hacer. Decidí creerle. Después le pregunté por Ofelia y me dijo que estaba en clases de canto y que su madre había dispuesto que nadie la molestara. Al cabo de media hora vi salir de la habitación donde está el piano a una mujer rubia, muy blanca, más o menos de mi edad – veinticinco años, a lo mucho – con los ojos azules como un mar rabioso. Es la señorita Strelnikova, me dijo Adelina, la maestra de canto de Ofelia. ¿Y qué hace una rusa en este pueblo?, pregunté. Ay, señor, respondió con cierto aire de ternura, si tuvimos aquí al presidente Díaz por qué no íbamos a tener a una rusa; y eso que aún no conoce a Ji Jung-ho. ¿A quién? Un coreano que vive en la mansión de al lado que convirtió en un restaurante oriental. Qué pueblo tan raro, me sorprendí. No tanto, objetó, usted duerme con una muerta enterrada en la sala; eso sí es algo muy enfermo, como del buen Poe, ¿no cree?

Ciertamente lo era: aunque luterano siempre peleado con un país profundamente católico, yo tampoco veía con buenos ojos que la sepultura de una persona fuera tan pedestre, como si se tratara de un entierro ritual de cuando la civilidad no llegaba aún a las personas. A partir de ese día no me pude sacar de la cabeza la idea de que los huesos de alguien estuvieran debajo de la sala. Por otro lado, también me llegó a intrigar la actitud de la gente del pueblo: a nadie le interesaba desenterrar el cadáver – si es que de verdad había uno –, a diferencia de lo que ocurría en El corazón delator de Poe, como ya lo adelantara Adelina. Aquí se rumoraba, se inventaban historias, pero no era realmente importante comprender o investigar a fondo lo que ocurría. La verdad es que yo tampoco le presté mucha atención, así que preferí dedicarle mi tiempo a visitar la casa de los Palafox.

Eso sí, cada semana dejaba unas flores en el medio de la sala. Durante el primer mes fue algo complicado porque las sirvientas las levantaban y las ponían en algún jarrón o se las robaban para dejarlas en una tumba verdadera. Las regañé y fue ahí cuando me conocieron como patrón. Así son los de México, solía decir, en tono pedante y despectivo, una criada rebelde a la que regañé más de veinte veces.

Ese rasgo de excentricidad se hizo famoso en el pueblo en cuestión de poco tiempo. La gente normal me seguía viendo raro, con cierto asco. Supuse que se debía a mi costumbre de convivir con un cadáver o a que alguien había descubierto mi protestantismo. Intrigado por eso, un día en que me encontré por la plaza a la señorita Strelnikova le pregunté si no era difícil ser una ortodoxa entre católicos. Me miró con sus ojos de azul incredulidad: Aquí hay hasta un budista, ¿o cree que el coreano es cristiano? Cambié de estrategia: ¿entonces no es problema ser un extranjero? Este pueblo me ha tratado bien. ¿Y desde cuando estás aquí?, le pregunté. Yo también tengo mis historias de muerte. No entiendo, dije. A Santa Rita todos venimos a refugiarnos o a encontrarnos con la muerte, contestó. ¿Lo que me dices se trata de un extraño y oscuro sentido del humor ruso?, aventuré luego de escuchar esas palabras que me impactaron. Usted vino porque alguien murió. Le di la razón. Su mirada se ablandó y luego contestó: Lo mismo que yo, pero no me miran feo. ¿Y a qué se debe?, le pregunté. No sé, pregúntele a Adelina.

Conociendo todo eso y luego de tomar en cuenta las palabras de la señorita Strelnikova, no comprendí por qué yo era el único al que la gente veía raro. La iglesia – lo que me pareció sorprendente – no condenaba ni siquiera a Ji Jung-ho, de quien la diócesis de la capital diría que adoraba a ídolos perversos que no glorificaban al Cristo. A Ofelia también la conocían por sus ideas revolucionarias, pero nadie le decía nada, ni siquiera su padre, un militar porfirista. La gente no se impresionaba con Adelina, esa india que sabía más que cualquiera. En cambio, yo era el bicho raro en un pueblo de fenómenos.

Al final no soporté y le pregunté a la criada de Ofelia si a mi tío también lo veían extraño por lo del muerto. Qué va, él era tan normal como todos los demás. ¿Entonces por qué a mí me miran como si estuviera enfermo? No es cuestión del muerto, eso es lo de menos porque la muerte en este pueblo es como si no existiera, ¿me entiende?; su problema no es la ultratumba, sino su procedencia. ¿Cómo? Sí, usted es de México. ¿Y eso que tiene de extraño?, pregunté exaltado, ¡tienen a un coreano y a una rusa paseando por sus calles!, o dígame si a Díaz también lo veían raro. ¿Y a él por qué?, parece que se le olvida que él es oaxaqueño avecindado en México; el problema no son los entierros, son los que vienen de México, así que váyase acostumbrando. ¿Y qué tiene de malo venir de la capital? Eso. ¿Eso qué?, pregunté enojado. Eso, reiteró, que vienen de la capital.

Estando de regreso en la hacienda me quedé un rato meditando. Y así, entre pensamientos que volaban, perversos como el último aliento que exhalan los muertos, se pasaron los meses, con el año amenazando con morir y dar paso a 1910.

Me seguían viendo raro, pero me tranquilizaba que no fuera por mi nueva costumbre de hablar con el cadáver de la sala cada noche. Llegué a darme cuenta de que existía la posibilidad de que esto siguiera siendo así hasta que yo me fuera de Santa Rita, o bien cuando ocurriera algo que me despojara de todos mis vínculos con México.

Así fue como dos nuevas obsesiones se alojaron en mis hábitos: la idea de casarme con Ofelia para arreglar mi condición tan ajena (lo del protestantismo, que supuse era lo de menos en este pueblo, se arreglaría más tarde sin mayor complicación; me imaginé, además, que, revolucionaria como era, estaría gustosa de vivir conmigo sin necesidad de bendición alguna) y la de velar por un muerto que no me pertenecía, pero que sentía latente debajo de mi casa. Entonces me di cuenta de algo muy curioso: tanto los difuntos como las mujeres exigen flores por igual para refrendar el vínculo con uno.

Eso sí, las que compré nunca fueron para enamorar a Ofelia.

Mención honorífica en Caminos de la Libertad

Publicado por Cronos | Etiquetas: | Posted On lunes 9 de noviembre de 2009 at 15:13


Soy el hombre mención. Todos mis reconocmientos literarios son siempre menciones. Así puede empezar un cuento y creo que eventualmente, copiando un poco aquel famoso texto de Bolaño donde el protagonista vive de los premios que le dan los concursos literarios, escribiré un texto sobre este personaje llamado Siddhartha, algo así como mi alterego, pero más divertido, que siempre gana menciones honoríficas.

Hace unos meses TV Azteca convocó al concurso Caminos de la Libertad para Chavos - meh... hasta 25 años - con motivo del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín - la piedra de toque de todo debate ideológico de la década de los ochenta, como lo expresara maravillosamente Paco Calderón en su cartón dominical. Yo participé en la categoría de expresión escrita con un pequeño ensayo llamado Los hombres y las batallas, que versa más que nada sobre el error teórico que supone el socialismo - y, por extensión, las investigaciones de Karl Marx - en el entendimiento de la sociedad. En mi ensayo sostengo la tesis de que es falso el argumento de los izquierdistas románticos y recalcitrantes. Dicen ellos que el socialismo real jamás fue aplicado, y que lo que vimos en la Unión Soviética no fue más que una burocracia corrupta que traicionó los ideales del proletariado y su lucha histórica por la emancipación de las garras del capital. Yo digo, en cambio, partiendo de la idea de que todo estudio basado en la lógica marxista es un error teórico, que el socialismo real es, precisamente, la faceta que éste adoptó tanto en la Unión Soviética como en Cuba. Esto, en todo caso, no es más que la confirmación del teorema de la imposibilidad del socialismo que a principios del siglo pasado el economista austriaco Ludwig von Mises había predicho.

Adicionalmente, también busqué llevar este discurso a la actualidad. Hoy se dice que la crisis fue la confirmación de que el mercado no se autorregula y que hay que regresar al estatismo. Esto también es falso. Lo cierto es que, gracias a la teoría austriaca, podemos ver que el problema sigue siendo la planificación central de la economía: la manipulación del mercado monetario fue la que desencadenó la crisis, no la poca (en realidad mala y excesiva) regulación. Luego, con la caída del muro la gente se ha despolitizado y eso es lo que critico. ¿Cómo podemos luchar por la libertad si ya ni siquiera nos interesa esa pugna? Libertad es decirle adiós a lo que Octavio Paz llamó el Ogro filantrópico, ese Estado absurdamente robusto.

En fin. De esto hablaré en mi blog de economía con más soltura. Dudo mucho que a los poetas que me visitan les interese mucho lo que tengo que decir. Además, creo que yo soy de los únicos liberales en este medio literario - algo así como el Jaime Bayly de esta generación, pero chafa.

Escribo este post sólo para decir que tengo otra mención honorífica en mi haber. Para ser un concurso internacional, creo que no me fue tan mal.

La premiación es en una semana, así que supongo que traeré algunas imágenes, al menos por pura vanidad personal.

Rusia: Fase 18

Publicado por Cronos | Etiquetas: | Posted On viernes 30 de octubre de 2009 at 0:05

El día de su nacimiento no pudo caer en mejor fecha. A veces la vida nos jode un poco para reivindicarse más tarde. Para Valentina, claro.

RUSIA: FASE 18

I

El otoño ha caído en mis ojos
y ya la ciudad es una larga avenida de grises

Por fin me encuentro con el aura de las ventiscas que hoy se atreven a escurrirse por las ventanas de una casa llamada silencio Es hoy cuando puedo ponerle los nombres más insospechados a este panorama y bajar por las calles de este bulevar de distancia que antecede a la posibilidad de tener un sueño para olvidarme del sol Aquí es donde quiero atreverme a formular la narrativa de la nieve que me tapa los ojos y me deja imaginando el tiempo que me queda para ya no ser el que soy en el horizonte,

aquí, sólo aquí
donde el fuego y la aurora se mezclan en el nombre de quien persigo en los segundos

en este lugar
donde dejaste
algo de ti
que la tempestad
no se ha llevado

XVII

Ese año había comenzado con mi caída
en la más terrible de las canciones tormentosas
Eran esos los momentos de la furia
de quien conoce una sonata en el cielo
para verla arder en un cristal

Lo poco que había quedado
configuró la ruina de mis teorías

Por eso la vida rodó por un desierto
y se volvió la semilla de la ciudad de mis batallas
en la que debí verle los ojos al invierno
y eran tan azules
que el universo parecía la síntesis de un viejo juego de niños solos,
escondidos de los mayores que accidentalmente los perdieron en una estrella que se congeló

No tuve/no tenemos
más mundo que una tierra blanca
por la que debí/debimos cruzar
hasta que de las cenizas se elevaran las nuevas y las últimas parvadas
para hacer del cielo un caudal de sangre plateada
Entonces encontré/encontramos
que la nueva realidad se dibuja en la hoguera que dejó la soledad
y que todo se volvería más parecido al horizonte

Yo, que fui sólo escombros,
comprendí
que a mi ciudad le faltaban fronteras que se pudieran romper con el grito de mi pasado
Tú, que apenas te escondías en la patria más disímil,
supiste
que los límites de tu cielo un día se volverían poemas
Nosotros, que quién sabe qué éramos,
adivinamos, por fin adivinamos,
la dinámica de los días
para que la distancia de nuestras naciones a esa estrella congelada
fuera nuestros nombres

Fase 18

Sólo por hoy no pasará el tiempo
porque ya vimos que si estamos aquí es porque la geografía se construye con lo que nos da el silencio
y no nos queda más que aceptar la condena
que nos conduce sin remedio a protagonizar cada verso de cada poema

¿Pero qué nos ha dado el silencio?
A mí la literatura más ambiciosa,
a ti las oleadas de las estrellas,
a nosotros las horas que le debíamos a la luna revuelta,
a lo que somos los países más lejanos

Nos preguntaremos qué tendremos que decir
cuando sólo quede una voz enjaulada en la noche
Y responderemos
que si así fuera
yo no sería sino el vocero de las pasiones,
el custodio de las fronteras olvidadas

Así el mundo se borraría
porque en esta fase del tiempo
sólo quiero olvidar mis montañas y mis veranos,
mis abismos y mis primaveras
y quedarme con las viejas tierras de las nevadas intranquilas

El ayer se volvió el témpano que adorna nuestros cuellos,
esta noche de creación rabiosa se transforma en un grito al romance que nos deben las estaciones

Qué seremos
nada seremos
- hoy ya es otro momento congelado -

Y sigue sin pasar el tiempo,
triste revolución de segundos

No queda más que rogarle a los minutos tensos
que en esta fase nos llegue el frío
para que mis poemas y yo guardemos silencio
y yo me siente en la otra orilla de la noche
donde se borrará esa vieja ciudad
en cuyo vacío quedará el hambre de romper la lejanía.

Las teorías del silencio

Publicado por Cronos | Etiquetas: , | Posted On miércoles 21 de octubre de 2009 at 15:23

Hacer clic en la imagen para bajar el libro
Lo sé, lo enfrento: acaso no soy un hombre, sino toda una teoría de lo que puede contener la mirada del que ve las estrellas congelarse, la modelación idónea para recordar el futuro en la ceniza de las eras. Si entonces ésta es la gran teoría del silencio que soy, es claro que toda la poesía puede ser el resumen de una madrugada en que me rescataron de los escombros de una ciudad transgénica hecha pedazos como el destino demente de las sucesivas tragedias inscritas en el cristal de la literatura. Es como esperar que la tormenta susurre: Krishna, tus párpados ocultan la noche que debiste protagonizar el día en que se planificó el ocaso. Debiste ser las venas de una ciudad, el poeta de esas avenidas que nos han bautizado con el nombre de tus escritores favoritos y la voz de tus amigos.

Esto, en materia de poesía, es en lo que había estado trabajando desde principios de año, unas semanas después de terminar de escribir Una ciudad transgénica. Creo, sin temor a equivocarme, y sin ganas de alardear de un talento que quién sabe si tengo en verdad, que éste es mi mejor trabajo poético, o al menos el más decoroso, hasta la fecha.

Partiendo del individualismo metodológico, del que nace toda buena teoría económica y social, Las teorías del silencio nace a partir de la idea de que la poesía no tiene por qué deslindarse de otras ramas del lenguaje - la matemática, por ejemplo, es el lenguaje absoluto del universo y de todos los seres. De este modo, la primera preocupación que tiene este libro es que la literatura bien puede tomar el método científico para configurar nuevas realidades. De ahí que tan recurrentemente me haga la pregunta: ¿la soledad, el silencio y el amor pueden ser definidos gráficamente?

A nivel personal, este libro fue una oportunidad para dejar atrás ciertos fantasmas incómodos que seguramente están vagando fuera de mi memoria y mi atención. Se trata también de una reafirmación propia como escritor, por eso no es raro que a lo largo del texto se puedan encontrar varias referencias a diversos autores que me han marcado, para así esbozar una teoría de lo que me define como hombre de letras.

¿Por qué elegir teorizar el silencio? En realidad esto tiene tintes aún más personales, desde que alguien - la persona a quien va dedicado todo el poemario, por esto y mucho más - bautizó mi obra como poesía silenciosa, una categoría que me define a la perfección en todo sentido. Es decir, el título de mi obra no es más que la respuesta a la pregunta que cualquier escritor se haría: ¿qué puedo extraer de esta propuesta estética que estoy construyendo?

Las teorías del silencio, además, es apenas la parte central de un libro de poemas en el que estoy trabajando, por lo que el ciclo de la poesía silenciosa no se cierra con esta publicación.

Al margen de todas las explicaciones literarias del libro, sólo me queda agradecerle a Yaxkin por diseñar la portada y por colgar la plaquette en la Red de los Poetas Salvajes.

Nuevo Look

Publicado por Cronos | | Posted On martes 20 de octubre de 2009 at 10:16

El anterior diseño había durado ya prácticamente un año y, aunque me gustaba bastante esa imagen, creo que llegó el tiempo para darle un nuevo aire visual a Las palabras del poeta. Hablando en términos estéticos, el cambio es favorable en cuanto a que es más amistoso con la vista. Estaba considerando otro template más oscuro y que el espacio para los posts estaba situado a la derecha - lo que hubiera sido un buen mensaje subliminal de mis aterradoras y perversas visiones políticas que sólo buscan el caos de una generación, el medio ambiente y demás.

Por lo demás, no creo que el blog vaya a cambiar de temática o incoporar otro tipo de cosas. En todo caso, eso se verá sobre la marcha. Esta bitácora se ha convertido en un espacio donde confluyen lo mismo la poesía que algunas reflexiones sobre lo que como individuo atestiguo de este mundo.

Últimamente he estado trabajando, de manera muy desorganizada, en varios proyectos que han consumido mi tiempo. Muchos escritores se niegan a hablar de sus textos mientras se están gestando, dicen que es de mala suerte. Así lo han dicho desde Fuentes, Enrigue hasta Murakami. El último, no obstante, ya hablaba de Kafka on the Shore mientras hacía las revisiones finales. Si esto es así, creo que podré tomarme la libertad de comentar sobre dos cuestiones que están próximas - una más que otra - a ver la luz.

Tengo un poemario nuevo que pronto daré a conocer y que, de hecho, ya ronda entre las líneas de este blog. Algunos de los poemas que he puesto aquí estarán contenidos en mi nuevo proyecto del que hablaré más a fondo en cuestión de días.

La narrativa es otro tema, como un maratón y no una simple carrera de cien metros planos. Trabajar durante un año en una novela y seguir revisándola día con día se vuelve tedioso a la vez que gratificante. Las historias, de cualquier modo, se mueren para el autor cuando no hay más que añadir o cuando se publican. Sigo ligado a este texto, aunque cada vez lo veo más lejano. Ya algunas personas han leído la versión preliminar de esta novela y me han dado su visto bueno, aunque siempre se corre el riesgo de que los amigos sean muy complacientes. No sé cuál sea el caso, pero creo que para ser una primera novela no está tan mal. Y es curioso, porque me ocurre algo como lo que Vargas Llosa ha relatado muchas veces: él quería ser Flaubert, pero al final estuvo más cerca de Faulkner. En mi caso, yo quería ser Vargas Llosa, pero siempre he sido más Fuentes y recientemente Bolaño ha acabado por apoderarse de parte mi espíritu literario, lo cual no es para nada sorprendente teniendo en cuenta que el chileno se volverá la imagen de esta generación.

En fin, cualquier adelanto o información del tema lo iré poniendo en este blog. Por el momento Las palabras del poeta se queda con el mismo contenido que antes.