El ruido, la furia y la Cuarta Transformación


Resistir a la novedad, acto noble y en ocasiones hasta heroico, es tarea vana: aturden sus fanfarrias, deslumbran sus colores, descoloca su absurdo. En tal escenario uno se ve tentado a subir el volumen de la música sublime en espera de que la decencia le gane al horror. Es lo que solía hacer cuando mis vecinos organizaban fiestas y ponían por lo alto canciones gruperas, de banda, cumbias, reguetón y temas gangsteriles que transformaban al pequeño trozo de Coyoacán en el que habito una sucursal de Detroit. Una competencia por la supremacía auditiva donde no hay victoria posible. Las batallas del sonido no llevan a ningún sitio porque entonces la estridencia entre lo bello y lo horrible, en vez de amalgamarse en algo soportable, se torna en una criatura más abyecta que aquella que nace de lo que es puramente desagradable. A menos que uno viva en un búnker, tampoco sirve cerrar las ventanas. La ciudad aliena a sus habitantes. Dentro de la masa los rostros individuales tienden a perder sus rasgos. Un aislamiento parcial y artero: el hombre deja de distinguirse pero nada lo salva de la marejada de ruidos. Uno debe acostumbrarse a los escándalos de seres que no reconoce pero que identifica como rivales.

Mi infancia y parte de mi adolescencia estuvieron dominadas por la pesadilla de las trompetas. Muy temprano, todos los fines de semana, a la hora en que ni Dios había despegado las pestañas, un sujeto se paraba fuera de mi ventana y despertaba a todos con los gemidos de su instrumento. De vez en cuando un idiota le arrojaba desde el tercer piso una moneda. Fue entonces cuando aprendí a detestar la compasión mal dirigida. Los que necesitaban la misericordia eran los insomnes, no el terrorista de la trompeta que, gracias a esos cinco pesos que le caían del cielo, regresaba cada día a perturbar el sueño del vecindario. Un día desapareció sin que con él se fueran los ruidos. Ahora debía y aún debo soportar a un imbécil que se pasea por la zona ofreciendo a grito pelado arreglar las persianas de los departamentos. Nadie lo contrata, pero eso no lo disuade de dar al menos cinco vueltas por la zona, desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde, implorando entre alaridos que alguien le dé trabajo. Cuando el tipo de las persianas descansa le llega el turno al afilador de cuchillos y su maldito silbato. No lo odio tanto pese a que el pitido ha sido responsable de no pocos vaivenes en mi presión arterial. Al menos ese viejo tiene una mejor idea de cómo funciona el mercado. Por algún motivo nadie aquí tiene persianas —o si las tienen nunca se descomponen—, mientras que los cuchillos chatos y las tijeras sin lustre abundan. Otros días son los vendedores de tamales, que no se destrozan las cuerdas vocales porque una grabación lo hace por ellos. Hubo un tiempo, específicamente cuando yo cursaba la secundaria, en que mis compañeros consideraron gracioso tener en sus celulares la cantaleta de los «ricos y deliciosos tamales oaxaqueños». El lema me ha perseguido como una maldición desde entonces. También hay que soportar la letanía demoniaca de una mujer desconocida que se ofrece a comprar colchones, tambores, refrigeradoras, microondas o algo de fierro viejo que uno venda. Por las noches, cuando uno se cree a salvo, el carro de los camotes aúlla con la intensidad de una locomotora en la que van los últimos trozos de mi cordura. Lo bueno, me digo, es que vivo en una zona privada. Solo puedo imaginar a cuánto ascendería el monto de mi desdicha en caso de que mi edificio diera a la avenida.

Afirman los manuales metafísicos en la biblioteca de mi padre que todo el que se lo propone puede perfeccionar el arte de la despersonalización, dejar la ataduras materiales, despojarse de la carne, abrir el tercer ojo o cuando menos estudiar sin que entre la página y el encéfalo se interponga la cacofonía externa. Lo dudo. Para dejar de percibir al mundo y ser capaz de enfocarse en las vibraciones del espíritu o bien en los renglones que uno intenta leer se requiere de un cierto tipo de personalidad y hasta de un metabolismo privilegiado: quienes se encuentran demasiado metilados tienen la tendencia a perder la concentración y a centrarse en las bocinas de los autos a kilómetros de distancia, el canto de los urogallos, la cumbia del vecino de al lado y las correrías de la niña que vive en el piso de arriba.

La prueba de ni las mentes más poderosas pueden imponerse a la estridencia, no se diga ya las que apenas se elevan por encima de un promedio de por sí bastante bajo, está en la casa del historiador escocés Thomas Carlyle. Natsume Soseki tuvo ocasión de visitarla al menos cuatro veces durante su estadía en Londres. Los lectores deben agradecer al dios de las arbitrariedades que el profesor a quien el gobierno Meiji había enviado a Europa pasara sus años más desgraciados en Inglaterra: acaso porque la buena literatura nace del infortunio, Londres marcó el punto de partida en las letras del que, en pocos años, sería el autor que elevara a cumbres antes desconocidas la narrativa japonesa contemporánea. En una crónica escrita en 1906 Soseki relata las penurias por las que tuvo que atravesar Carlyle cuando compró la casa en Chelsea que habría de habitar hasta su muerte. Incapaz de concentrarse, ya fuera por las teclas de un piano vecino, los ladridos del perro, el cacareo de las gallinas y los pasos de la gente, Carlyle tomó la decisión de añadir un piso a su casa. Mandó a construir un desván, con muros dobles y una claraboya en lo alto, que transformaría en su estudio. La felicidad duró poco. Una vez instalado en su nueva guarida cerca del cielo debió soportar el tañido de las campanas de las iglesias, el pitido del tren, las voces desconocidas que, como murmuraciones provenientes del mismo infierno, ascendían desde los pisos inferiores. Sostiene Soseki que Carlyle y Schopenhauer son «una de las parejas mejor avenidas del siglo XIX», y para confirmar su afirmación cita un pasaje del segundo tomo de Parerga y paralipómena del pesimista alemán:

«Kant había escrito un tratado sobre los poderes vitales; pero a mí me gustaría escribir un canto fúnebre sobre ellos, pues su profusa utilización en forma de cosas que golpean, martillean, se caen, han hecho de toda mi vida un tormento diario. Sin duda, muchos sonreirán al leer esto, porque no son sensibles al ruido; sin precisamente esas personas, sin embargo, las que tampoco son sensibles al razonmiento, el pensamiento, la poesía o el arte: hecho que debe ser atribuido a la burda cualidad y la tosca textura de sus tejidos cerebrales.»

En su diatriba, Schopenhauer identifica como el más espantoso de los ruidos el látigo con el que los cocheros azuzan a sus caballos. El filósofo está dispuesto a soportar el ladrido de los perros y el griterío de los niños, pero nunca el relampagueo de las fustas por no ser ni siquiera útiles: los caballos se acostumbran a ellas, ignoran a sus amos, ya no se apresuran; se vuelven indolentes al dolor y a la amenaza. No es solo la cualidad sonora del cuero desgarrando el viento, es la simbología inherente al acto: mientras los sabios intentan sumergirse en el pensamiento, los brutos van espoleando a bestias serviles que transportan carretas cargadas con estiércol. Como solución, recomienda azotar a los que incurren en el desagravio. A los estúpidos, afirma Schopenhauer, el ruido no les afecta porque, simplemente, no piensan. Concluye que «la tolerancia generalizada al ruido innecesario es evidencia directa de que los hábitos predominantes de la mente son la monotonía y la falta de pensamiento.» El comentario no tiene desperdicio, porque además de llamar la atención sobre uno de los rasgos que revelan con mayor claridad la inteligencia de un pueblo —esto es, la relación que este tiene con sus sonidos—, el texto se constituye en uno de los más candorosos del autor. El amargado del siglo XXI solo puede esbozar una sonrisa ante los problemas de los genios decimonónicos, pensar que tanto él, como Carlyle y Soseki, este último espectador del XX, nacieron, padecieron y murieron afortunados en la medida en que sus respectivos tiempos fueron, necesariamente, menos ruidosos que los de sus admiradores del futuro. Mejor no tener idea de qué abismos hubiera explorado Schopenhauer de haber sido perturbado por los compradores de chácharas, los vendedores de tamales o sus equivalentes alemanes —¿comerciantes turco de kebabs?—, o qué rascacielos no habría mandado a construir Carlyle a fin de protegerse de las bocinas que llaman a los musulmanes a uno de sus cinco rezos diarios.

La experiencia me ha enseñado que uno puede fingir ignorancia pero nunca abstraerse del todo. Leer libros viejos y oír música de décadas pasadas no cancela el presente. Uno, como quiera, se mueve en el hoy y estructura su rutina de tal modo que el tiempo no parezca tan azaroso. Si a la una de la tarde no salgo a recibir la luz del sol, el pensamiento se me empantana, me latiguea el frío y sudo de pura adrenalina. Las estadísticas dicen que suelo recorrer entre cinco y seis kilómetros antes de regresar a casa y preparar el desayuno, que coincide con la hora de la comida de la gente que tiene asuntos más importantes que preocuparse por la apoptosis celular. Para entonces se ha terminado el noticiero, lo cual me tiene sin cuidado porque de todas formas llevo al menos un sexenio sin consumir la información de las cadenas nacionales. Veo programas de cocina o me entretengo con videos de internet. Mi último encuentro con algo vagamente relacionado al acontencer nacional se dio hace un par de meses con motivo de la presentación de la más reciente novela de uno de los pocos autores vivos a quienes aún leo. Dirigieron el evento una vaca sagrada de nuestras letras, una urraca de los medios de comunicación que no hizo más que graznar sobre la inseguridad nacional y los terremotos, y una actriz que no pintaba para nada pero que hace un acento argentino convincente. De la media hora pactada por la editorial, el escritor apenas contó con diez minutos para contar malos chistes, comentar sobre sus convicciones feministas y, muy de pasada, referirse al tema de su nueva obra.

Hacia el final de la velada pude estrechar manos y abrazarme con el autor. Me firmó su libro sin necesidad de que yo le dijera mi nombre. Nos conocemos desde hace un par de años. Platicamos todo el tiempo que nos lo permitió la editorial. Me felicitó por el hecho de que yo me atreviera a salir nuevamente a la calle. No hizo falta que le dijera que su último libro me gustó poco porque él ya lo sabía —en realidad, evadió el tema de su obra mientras me tuvo al frente—: leyó una reseña un tanto vitriólica, debo reconocerlo, que publiqué en cierto portal. En ella hice patente mi hartazgo en lo que se refiere a los discursos de los intelectuales contemporáneos. Adam Zagajewski se queda corto al afirmar que «la miseria de la poesía consiste en una confianza excesiva en los pensadores de turno». Ahí donde escribió poesía debió generalizar a toda expresión artística. Hoy por hoy, y sospecho que desde todos los tiempos, buena parte de las creaciones son serviles al discurso omnímodo mediante el cual se articula el espíritu de la época. La novelas, y sobre todo las actuales, han dejado de ser rebeldes para trocarse en dispositivos correctos. El problema, argumentaba yo en mi reseña, no es tanto el ángulo ideológico y moral desde el cual el escritor, en el disfraz del personaje, emite los juicios y construye la narración, sino la idea, posible autoengaño, de que se alza contra algo. Contra qué, no se sabe. Un sistema político y económico, quizá. El espíritu disidente de los múltiples narradores en la novela de marras es más bien una reiteración del relato preponderante. La tragedia de nuestros autores contemporáneos comprometidos está en que ellos se han convencido que sus palabras resisten cuando lo que hacen es reproducir.  

Mi amigo el escritor y yo nos despedidos con un segundo abrazo. De vuelta a casa descubrí que en la firma, en vez de mandarme cariñitos y buenos deseos, me hacía saber que leyó mi reseña negativa. Superado el momento incómodo de perplejidad que sobreviene a saber que las fechorías virtuales de uno no han quedado impunes, no pude menos que reflexionar sobre lo poco que puede hacer el anónimo del siglo XXI en este mundo de vigilancia perpetua. La modernidad nos ha despojado del privilegio de la discreción. Por otro lado, me honró saber que un autor establecido al que respeto lea hasta los textos que no me esfuerzo en difundir.

Por lo que se refiere a los medios de comunicación, me entristece constatar que tardé más de la cuenta en decepcionarme de ellos. A veces me asalta la anécdota del día en que, no sé cómo, una reportera contactó a mi madre, ofreciéndole que su hijito apareciera en una nota en el noticiero de las tardes. Algo sobre la adicción de videojuegos como mecanismo de compensatorio de la soledad. Conocí las instalaciones de TV Azteca alrededor de una década antes de que esa misma empresa me premiara en cuatro ocasiones consecutivas por mis ensayos liberales. Una vez llegamos a la oficina del presentador, aquel tipo con bigote, en vez de dirigirme la palabra, se limitó a oír las preguntas que me hacía la reportera y que yo respondía con sinceridad. El final del interrogatorio coincidió con una mueca de disgusto en la cara de morsa del titular del programa. Yo era un niño gordo, reservado, que no se unía a los equipos ni iba a fiestas. Lamentablemente para la agencia de noticias mi relación con el Play Station no era lo bastante patológica. Mi vida era más bien abúlica, sin sobresaltos ni grandes penas. No sentía que me hicieran falta las relaciones humanas que recetaban los psicólogos y tampoco las suplía por otros medios. Ni con consolas, ni instrumentos musicales ni libros. Nada de heroísmo ni sensiblerías, hacia las tareas justas para aprobar, no era un nerd, me disfrazaba bien entre el promedio. Era una larva recubierta de una hermosa membrana gris. Previsiblemente, las cámaras nunca llegaron a mi casa. La anhedonia infantil no es material periodístico. La nota, sin embargo, se mantuvo en pie. Luego de mucho buscar encontraron a un niño perturbado que pasaba ocho horas al día cultivando su sed por la sangre mediante un escabroso videojuego de peleas. Una psicoanalista le auguró un futuro en una penitenciaria. Un politólogo reflexionó, sin que viniera a cuento, lo pernicioso de la segunda enmienda de la constitución gringa. Creo que un analista menos zopenco, en lugar de preocuparse por lo que un pueblo extranjero hace con sus leyes y sus pistolas, se habría puesto a pensar en que la psicopatía de los mexicanos, cuando se manifiesta, es distinta a la de los norteamericanos: nosotros somos más de matar animales extraviados, unirnos a una organización criminal, secuestrar, cortar dedos y hacer pozole a las víctimas por una cuota; ajusticiar compañeros con un rifle de asalto es perversión anglosajona. Aquella fue mi primera lección sobre el sensacionalismo. La lógica indica que debí quedar vacunado contra el periodismo, y sin embargo tuve que volver a pisar el linóleo de la televisora una década después para desentenderme por fin de los medios de comunicación.


Los sábados es el día en que compro carne para el resto de la semana. Nada más verme los tablajeros me preguntan, por pura cortesía, qué va a querer, joven, a lo cual añaden de inmediato: ¿lo mismo? Asiento y algunos minutos después ya tengo un paquete con proteínas que me permitirá sobrevivir los próximos siete días. Si el tiempo tuviera misericordia no se empeñaría en recordarnos que su marcha sigue pese a que intentemos cristalizar el momento. Lo peor es que sus heraldos suelen ser desagradables como vulgar es la novedad. Ahí tienen a una anciana procaz, chillando en mis tímpanos al tiempo que proclama la cuarta transformación de esta república. Eufórica, anuncia a los cuatro vientos, con el timbre y la reverberación de los posesos, que apenas llegue a su casa prenderá el asador y descorchará las cervezas. La miro de reojo y me pregunto si será capaz de masticar las arracheras que ha pedido para celebrar el cambio de gobierno. Ella es menos discreta y, dando por hecho que el país ha llegado a un consenso, nos pregunta que con qué vamos a brindar. Con matarratas, respondo. Chava, el más hábil de los tablajeros, de buena gana y con la sonrisa intranquila del que también depositó su confianza en el nuevo líder porque no había de otra, le dice a la anciana: Nomás no se venga a quejar si su presidente le falla. La vieja, segura de sí misma, con la fe inamovible en el monigote que acaba de tomar protesta, responde: Vas a ver que no. Mientras espero que me despachen pienso en lo fácil que es ser feliz cuando uno sabe que no le queda más de década y media de vida y que los que tendrán que zamparse el desmadre del nuevo mandamás son los que apenas van entrando a la treintena. 

Lo único que me asombra —modestamente, hay que aclararlo— es mi falta de asombro. Difícil no remontarme, no sé si con nostalgia o desdén, a ese primer año de la preparatoria en que me encontré solo, rodeado de caras nuevas, sin los únicos dos amigos que tuve y los otros doce tarados a quienes les vi la cara a lo largo de nueve años en una escuelita que ofrecía a los padres de familia de la clase media la ilusión de un trato personalizado y humanístico para sus hijos. Nada menos humano, según la narrativa actual, que entrar de lleno a las filas de la derecha económica a los quince años. En ese entonces de verdad tuve miedo por lo que haría el ex jefe de gobierno de la ciudad en caso de llegar a la presidencia. Leía mucha prensa reciente, me intoxicaba con las notas sobre el declive de Venezuela y, por si esto fuera poco, trabé una amistad virtual con una chica de la patria bolivariana a quien la revolución la había dejado sin leche, ni jamón, ni papel higiénico, hacinada en un cuartucho de mala muerte donde, para rubricar la tragedia, moría su madre a causa de una enfermedad autoinmune. Los libros teóricos y los reportajes que leía, así como el testimonio de la venezolana fueron los catalizadores de mi abandono a las ideas de justicia social que sostuve por seis meses.

Para llegar a la derecha cultural tendrían que pasar otros años, que acaso fueran los más boyantes a la vez que angustiosos de mi formación intelectual. Debí enlodarme, ver de cerca la podredumbre moral de los apologistas de la libertad siendo yo uno de sus principales acólitos, perder el miedo a decir sin ambages ni eufemismos que eso que veía era inmundicia. No es solo darse cuenta de que existe algo más noble que legislar las leyes que permitan el actuar de la libre empresa. Es desencantarse de una identidad que uno creyó forjada a fuego en el acero del espíritu. Entender que uno es menos maleable de lo que uno quisiera, que los intentos por complacer a los discursos de moda solo conducen a la miseria personal porque uno tuvo la mala fortuna de nacer intransigente y poco abierto a la experiencia. Al mismo tiempo es un alivio: ya todo es más claro. La sociedad moderna marcha en una sola dirección. El espectro político no es un diagrama en cuatro dimensiones, antes bien es un gradiente: movimiento hacia un destino. La derecha democrática, lo entendí, no pretendía conservar nada, tampoco detener el avance, mucho menos retroceder. La derecha quiere una marcha ordenada. Lo más deprimente es que, en contextos tiránicos, las derechas democráticas, envueltas en su halo de pureza, en su intento por demostrar una superioridad moral francamente sin relevancia, quedan condenadas a peregrinar los márgenes de la política. El tirano, si no es tan imbécil, agradece la cortesía de sus opositores. Si no los suprime es porque de esta manera puede presumir de tolerancia en las conferencias internacionales, protegerse contra los regaños y los posibles golpes de estado. Saben que, como norma general, en este siglo los observadores del mundo son más pacientes con los autócratas de la izquierda. Mientras que yo me desencantaba del liberalismo democrático, la venezolana cultivaba su ilusión en que los cacerolazos y salir a votar cada par de años pueden alterar el rumbo de los acontecimientos, sacar a una sociedad del marasmo y proyectarla hacia el primer mundo. En un principio me entristeció, después me sacó de quicio. A Chávez lo sacó del poder un cáncer y en su lugar quedó un homínido aún más cavernario. En cuanto a la derecha venezolaba, su oferta era y sigue siendo un socialismo mitigado. 

La única oposición posible a los cantos de la modernidad es aceptarse como un reaccionario. El reaccionario es naturalmente escéptico en lo que toca a la democracia. Ve con displicencia y a veces con ternura a sus primos de la derecha moderna. Porque no nos engañemos: están cerca de uno, les tenemos algo de simpatía al menos porque su existencia molesta a los zurdos, y pocas cosas hay tan satisfactorias como ver a las huestes del progresismo echar espuma por la boca, retorcerse en el fango de su infortunio, gritar desesperados cuando la sabiduría popular no es tan sabia y elige a líderes conservadores. Es el instinto de la preservación actuando pese a que uno, con la fuerza del razonamiento, intente combatirlo: quisiéramos un orden social más acorde a la jerarquía natural de la especie, un ethos heroico, una estética noble que entronice lo que es bello y destruya lo abyecto, un conjunto de valores que pongan un freno a los apetitos si acaso como un modo de hacernos entender que la experiencia humana puede ser más elevada que definirse en función de un fetiche sexual o una perturbación psicológica; pero que aspiremos a ello y que desdeñemos el orden democrático, con sus narrativas degeneradas y su promoción a la fealdad, no nos inmuniza del alivio que nos produce saber que al menos se avanza más despacio al inevitable precipicio. A no ser, claro, que el derechista haya tomado lo que popularmente se conoce como la píldora negra y crea en el principio del aceleracionismo según el cual hay que precipitar la caída en espera de que los fénix socioeconómico y cultural resurjan. Durante las discusiones del círculo libertario que ayudé a fundar había quienes proponían votar por la izquierda solo para terminar de echar a perder este agujero del tercer mundo. Soñadores que confiaban en que, una vez tocado el fondo, los individuos despertarán de la pesadilla estatista para entrar a los nuevos reinos de la individualidad. Otros, los más prudentes, proponían votar por la derecha panista, arreglar poco a poco al Estado, ahorrarnos la pena de conocer la sima: nadie se merece el pogromo. Estaban los que soñaban con apoderarse del Estado para abolirlo y los que aspiraban a fundar Ancapistán en alguna quebrada de la Sierra Madre Occidental. Yo llegué a la conclusión de que lo mejor para el individuo es volver a la tierra, cultivar papas, criar pollos, aguantar.

Soy menos congruente de lo que quisiera. Tengo menos fe de la que reflejan mis letras. Los versos que he vuelto a escribir pero que no publico tienen el regusto casi místico del incrédulo que pega los oídos a las piedras de una catedral en espera de oír algo más que el eco de la cantera. Lejos estoy de ensuciarme las manos y matar a mis animales. En realidad, ahora me ha dado por alimentar a los gatos callejeros que pululan en mi vecindario. Me volví una calca de ese insoportable personaje que es Elizabeth Costello del ya de por sí antipático J.M. Coetzee. Sigo atrapado en la ciudad, recorriendo los mismos cinco kilómetros a la hora en que los rayos del sol son más ardientes. Leo libros viejos porque ya no soporto los nuevos. Los autores vivos que admiraba ahora me resultan desagradables, algunos por su arte, otros por sus ideas. Cada vez encuentro más difícil disociar al artista de la obra porque, como intelectuales orgánicos o aspirantes a serlo, utilizan sus letras para cacarear el mensaje del progresismo. Cháchara que, aunque molesta, ya no sorprende porque se ha erigido en discurso único. Existe una idea ingenua según la cual el arte no puede ser cómplice. Idealmente se crea para enmendar la vulgaridad del mundo, que aún en épocas de esplendor siempre es rampante: ya que a partir de la primera generación perdimos el Edén, el grueso de nuestras acciones se encaminan a verlo de nuevo. Pero entre ideales y aspiraciones está también la ansiedad por pertenecer a un sitio concreto, para lo cual el artista se manifiesta favorable ya sea al poder, a su antítesis o a una vía alternativa que, en su fuero interno, ruega porque conquiste el mundo. No pocas de las obras que admiramos y que han pasado la prueba del tiempo fueron también serviles a los poderosos de entonces, o cuando menos a las ideas que propugnaban. La ilustración francesa no pudo tener a un hijo más pródigo que Stendhal, Turgéniev escribía mirando al oeste. Nadie debería ser tan ingenuo para suponer que el arte no responde, siempre, a una motivación moral. Si las creaciones pierden su propósito y no aspiran más que a rellenar el vacío, dejan en automático de ser arte, se vuelven materia, bloques estériles en el espacio.

Lo que escribo se enmarca en el orden tiránico de lo homogéneo. Lo observa, lo comenta, lo padece, aspira a combatirlo. Regreso de mis paseos diarios con algo más que hambre. Es el sinsabor del contraste. Camino por una calle empedrada y angosta, atravieso puentes coloniales, me cruzo por capillas viejas en cuyos techos descansan horrendas cisternas Rotoplas y, al fondo, como espectros, las sombras de torres de estilo internacional que pueblan la avenida. La arquitectura contemporánea, toda idéntica, se empeña en borrar las expresiones que antaño reflejaban el espíritu de un pueblo y su tiempo. Un edificio en Tokio es, en esencia, igual a uno en Berlín. Las construcciones ya no se alzan al cielo como buscando arañar lo divino, lo hacen por consideraciones de eficiencia espacial: ahora que la tierra no nos soporta, debemos conquistar las nubes. Hojeo los libros actuales, casi todos recitando una oda al mismo ídolo. Me inquieta que los artistas y sus musas vibren en la misma frecuencia. ¿Es por el agua que beben, por los contenidos noticiosos que consumen, las conferencias a las que asisten? 

Este año el mayor premio de poesía de México cayó en manos de un astuto individuo que tuvo la ocurrencia de meter mano en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, intercalando en ellas versos erráticos y alterando fechas con tal de enmarcar su pastiche en el contexto de las caravanas invasoras —perdón, migrantes— centroamericanas. Ya desde que Trump asumió el poder de los Estados Unidos no han dejado de llenarse las librerías de novelas, reportajes, ensayos, libros de cuento y de poesía que, de una forma u otra, atacan toda pretensión de no dejarse reemplazar por las huestes extranjeras. Hace unos años publiqué un par de textos de autoficción —soy, pese a que intento renegar de ello, hijo pródigo de mi tiempo y sus tendencias— en que un mismo personaje contempla con desdén y luego se hace cómplice de una literatura que es toda igual. Leídos a la luz de las tribulaciones actuales pueden parecer un poco anticuados. No hay problema, no fueron escritos para la posteridad sino con un espíritu decididamente posmoderno: podrían y deberían ser actualizados de acuerdo a los cambios de las tendencias artísticas; si Sebastián Zavala, autor ejemplar, dejaba los endecasílabos para escribir novelitas narcas, ahora podría dedicarse a la épica migratoria. ¿Qué aguardará el futuro a mi pobre escribidor? Dependerá de lo que ocurra al norte de la frontera, y sobre todo en sus universidades y medios de comunicación. Si el texto me sobrevive, que no lo creo, mis herederos, que por lo visto no tendré porque los hikikomori, aún los que se hallan en proceso de recuperación, rara vez se reproducen, están invitados a actualizar los párrafos correspondientes. Mientras tanto, no tengo más remedio que reflexionar acerca de lo que el presente me ofrece: una dictadura de lo relativo donde todo es homogéneo e intercambiable. Una avenida Revolución que, si la barrieran un poco y despejaran el mercado de San Ángel que se ha quedado como una isla volcánica que vomita sus cenizas al océano de lo uniforme, podría pasar por la vía de un país europeo u oriental. 

No puedo, por tanto, reclamar a los autores que ya me son insoportables por emplear, en ocasiones con una honestidad que lacera —como la de un niño que le escribe cartas a un obeso que vive en el Polo Norte—, sus habilidades al servicio de los discursos de la modernidad. Será interesante ver hacia dónde se dirigirá la intelligentsia ahora que se siente victoriosa por tener en la silla presidencial a un izquierdista manifiesto, y no uno de clóset como lo han sido todos los que lo han precedido. Sospecho que los cambios apenas se dejarán sentir. Quizá el paisaje se pervierta más aprisa y no seamos capaces de darnos cuenta de que lo feo se ha tornado en horrible. Algo está claro: en seis años, ni en los sexenios que sigan, perderemos la gloria. La razón es simple: nunca la tuvimos. Solo en ocasiones especiales se cae del paraíso directo al infierno. Habría que emplear un automóvil y una ciudad como metáfora: el trayecto comienza en un barrio feo por el que se avanza a ciegas hasta que uno, cansado de mirar al frente, gira la cabeza a los costados solo para comprobar que se ha entrado al corazón de distrito de mala muerte. Expresado así, la imagen queda un tanto burda. No deberían angustiarse los poetas, ni siquiera los que violan las crónicas de Bernal Díaz del Castilo, que estos tiempos no inspiran sofisterías ni lenguaje elevado. A lo que invitan, al menos en mi caso, es a la apatía y la ensoñación de una huerta donde se puedan cultivar papas, lejos, muy lejos de las fanfarrias y las de las ancianas que no le dejan a uno comprar carne en santa paz.

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