La servidumbre del tonto y la rapiña del liberal


El pavor al cliché, no a la ignominia, me ha hecho renuente a narrar la crónica del liberal subvencionado y su camarada el siervo idiota. Hace un par de semanas, entrando a mi unidad habitacional, vi desfilar una procesión de fieles vestidos de amarillo y gorras blancas. Los comandaba una criatura abyecta de metro y medio. Me escabullí detrás de una camioneta y esperé a que pasara el cortejo, por temor a que la líder quisiera saludarme. ¡Cristian, Cristian!, oí que me llamaba alguien. Respiré tan hondo como pude, di un cuarto de vuelta, no respondí. Don Marco halló la manera de introducirse entre los autos. Le pregunté si no debería estar en la procesión. Me explicó que ya iban de salida, pero que podía dar alcance al exfutbolista, ahora candidato a alcalde, para que me firmara una playera. No se moleste, le dije. ‘Ta bueno, respondió y procedió a detallarme la jornada. Faltaba poco para que dieran las nueve de la noche. Los habían citado a las cuatro de la tarde para recibir al político y cuando por fin llegó, a las ocho, hicieron una ronda apresurada por la unidad, se prometieron muchas cosas referentes al alumbrado, a las alarmas sísmicas, a las cámaras de vigilancia, etcétera. Peticiones usuales de una población paranoica. Después, el candidato procedió a firmar gorras y playeras. Si quieres todavía lo puedo alcanzar para que te firme una, insistió don Marco. Que no, le dije. Voy rápido. No, Marco. ‘Ta bueno.

Como he dicho, el miedo al lugar común es la razón por la que me tiemblan los dedos cada vez que intento hablar del día en que el joven prodigio del liberalismo fue subsidiado por el PRD. Podría ensayar un sinfín de versiones, desde la sátira hasta la crónica desapasionada, pero en todas tendría que aparecer, lo quiera o no, el bueno de don Marco. Y es que don Marco es, en sí mismo, la personificación de un tropo. Un idiota puro, un idiota feliz, encantado de ser servicial. Cuando lo veo no puedo evitar pensar que se ha ganado su situación. El hecho no deja de indignarme. En cierto modo, me recuerda al Bouteto, mi primer seguidor de carne y hueso. Hijo de un belga y una bailarina mexicana, dueño de un perro inmundo, como son todos los perros, un labrador enorme llamado Apolo, habíamos vivido en el mismo edificio por años pero no fue hasta la preparatoria que lo supimos. Por motivos que aún no me quedan claros, en el último año de escuela se convirtió en una lapa. Aplaudía cada uno de mis comentarios, insistía en pisarme la sombra, esparcía rumores acerca de mis virtudes intelectuales, pretendía formar conmigo un frente común contra maestros y compañeros brutos. Una alianza entre blandos, un sinsentido estratégico que no obstante dio mejores resultados de los que indicaría la lógica. Sin que yo se lo pidiera, Bouteto se convirtió en la primera línea de defensa contra mi atacante: González, una entidad sicalíptica, de pechos monstruosos, que en el tramo final de la preparatoria perdió la poca vergüenza que alguna vez tuvo. Posaba sus glándulas mamarias sobre mis trapecios y me pedía que la besara. Como si supiera que yo no podía enamorarme si no era por medio de un monitor, el belga alejaba al súcubo y yo lo recompensaba permitiéndole estar conmigo. Un buen tipo, el Bouteto, volcado por completo al servicio, sin conciencia del yo, un hombre parcial, patético. Formábamos un tándem aborrecible: yo era un cetáceo gruñón, con aires de superioridad intelectual, ateo; él, delgado, graniento, polvo donde debía estar el cerebro, fe protestante. Rememorar el año con Bouteto es montarse a la espiral del cliché, y nada es tan vomitivo para un oficioso de la palabra como la reiteración del tropo.

La vida, sin embargo, es un cliché irremediable: no hay búsqueda más común que aquella que el joven emprende contra lo establecido. Yo pensaba que asumirme como liberal, en una nación de raigambre colectiva, me rescataría de la vulgaridad estandarizada. En consecuencia, encontraba desagradables a aquellos que, como Boutet, no comprendían la existencia si no era en función del otro. Esto se vio acentuado por el hecho de que recién se habían llevado a cabo las elecciones presidenciales de 2006. Contemplar a las masas descerebradas seguir a un líder, que una de mis tías velara el portón del edificio de López Obrador en Copilco, me ayudó a eliminar de mi sistema cualquier rastro de afinidad con las ideas socialdemócratas que alguna vez tuve. 

El tiempo ha obrado sus estragos en Boutet. Hoy es un burócrata obeso, radicado en Tabasco, que tramita cédulas profesiones. En sus horas libres hace campaña por López Obrador. La última vez que cruzamos palabra yo había tocado fondo. Cada vez era menos liberal, había elegido el ostracismo, perdí el interés en las novedades musicales, lo poco que leía me parecía infame. Con todo, procuraba ser discreto, hablar lo menos posible, seguro de que el mundo ya tiene demasiado ruido como para que uno, con sus penas privadas, contribuya a la estridencia colectiva. Bouteto, oficinista aburrido, tuvo un acceso de nostalgia y me envió, sin razón aparente, un mensaje preguntándome por mi situación. Le dije la verdad, sin prolegómenos: Vivo encerrado, no pienso graduarme ni conseguir empleo. Fiel a la tradición, no compartí mis motivos y él tampoco se molestó en indagar. Se sorprendió, en todo caso, expresó su contrariedad por mi súbita retirada del éxito —supo que yo había conseguido unos premios e imaginaba que yo era académico—, me pidió no desperdiciar mi talento y me deseó suerte. No respondí. Me arrepiento. Debí pontificar el evangelio de la dieta paleolítica en modalidad cetogénica que contribuyó a que yo perdiera cincuenta kilos. Godínez modelo, cada día se infla más. Él, que en la preparatoria era una vara de bambú. Ni los años, ni los aceites vegetales, ni las harinas, ni la burocracia tienen misericordia. 

Quisiera, ahora, referirme al vientre distendido de don Marco. No olvidaré la última vez que desayuné. El año, 2016, el sitio, el departamento de mi camarada. Yo lo esperaba a las nueve de la mañana frente al portón de su unidad habitacional. Llegó media hora retrasado. Completamente agotado y encorvado, venía de regreso de la central de abastos. A sus espaldas, veinte kilos de pescado y frutas. Me pidió, acezando, que lo acompañara a su casa. Vivía en un tercer piso, el sueño húmedo de un minimalista, la realidad sin lustre de un pobre: un par de sillones desvencijados, una mesa astillada, una vitrina empañada con cinco vasos. Sirvió en un plato una gajos de una fruta amarillenta que yo jamás había visto. Con dos tianguis y dos Wal-Marts en un radio de tres kilómetros, se antojaba absurdo que don Marco atravesara la ciudad, en metro y camión,. con tal de abastecerse de víveres. Hoy La Comer y City Market, su hermana elitista, permiten al clasemediero comprar ese monstruo espinoso, con aroma a chicle, venido de Indonesia, por el que Marco arriesgaba su salud espinal y cardiovascular. El sacrificio se entiende cuando uno da el primer bocado. La yaca es deliciosa. A continuación, don Marco abrió una bolsa de pan de caja integral, sacó del refrigerador un pomo de mantequilla, un frasco de mermelada y preparó un café rancio del que se sentía especialmente orgulloso. ¿Lo molesto con una proteína, don Marco?, pregunté, resignado a que si por primera vez en años iba a romper mi ayuno, por no hacerle el desaire a mi compañero, al menos no fuera con una bomba de grasas y carbohidratos. Si quieres te hago un licuado de yaca, dijo. Con leche light, especificó. Me conformé con el pan de caja y la fruta indonesia, convencido de que la cultura del smoothie será clave en la extinción humana. Pensaba en mi estómago, que si no fuera por la piel colgada estaría plano, y con cada mordida, remontándome a mis épocas cetáceas, recitaba en mis adentros un mantra: No va pasar nada, Avendaño, no va a pasar nada, las barrigas como las de don Marco y el Bouteto se forjan a lo largo de incontables días sin proteínas;, mañana volverás a ayunar. En tanto, el anfitrión se abría de capa. Tenía una hija de mi edad, estudiante de leyes, próxima a viajar al extranjero a fin de cursar un posgrado. Me preguntó si yo estudiaba, a lo cual respondí con una verdad a medias: la necesidad me había impedido terminar la licenciatura en economía. Se apenó más de mi pobreza que de la suya. En rigor, don Marco no era un miserable. La edad avanzada, las exigencias absurdas de los empleadores, la mala condición física y la falta de mar abierto le impedían ejercer su ocupación de juventud: instructor de buceo. Don Marco, en suma, era una ballena encallada. Una ballena que, en la playa, se dice a sí misma: ya que estamos aquí y que no volveré al mar, disfrutemos el sol. Y un mantenido, añadió con una sonrisa en la que, por más que me esforcé, no advertí pena. 

Terminamos el desayuno y nos pusimos en marcha. El trabajo que nos habían asignado consistía en levantar encuestas. Íbamos de departamento en departamento, charlábamos con los vecinos, los hacíamos tontos algún tiempo para finalmente conseguir datos privados, tales como el número de teléfono, fecha de nacimiento, condición económica y preferencias de voto. La última pregunta, de acuerdo al manual, debía ser: «¿Piensa votar por el PRD? En caso de respuesta negativa, indicar por quién». Sin importar lo que dijera el vecino, había que entregar tres panfletos: uno exaltaba las propuestas que en materia de libertad social había promovido el partido —aborto, uniones del mismo sexo—, otro los programas sociales —medicinas, becas, subvenciones a viejitos y a los NEETs reaccionarios que una vez fueron jóvenes prodigios del liberalismo mexica—, el último, el más importante, recalcaba que López Obrador era un seudoizquierdista con moral conservadora y que su nuevo partido, MORENA, era una cloaca adonde se iban a refugiar políticos tan abyectos que ni el PRI los acogía. La ventaja de nuestro equipo consistía en que don Marco llevaba tiempo participando de los tejemanajes administrativos de su unidad habitacional: rescataba gatos, conciliaba desacuerdos respecto a temas fundamentales como la pintura de los edificios, plantaba flores en las jardineras, cavaba zanjas y volvía a llenarlas, siempre sonriente, siempre solícito. Se hacía querer. De modo que en la mayoría de los casos nos abrían la puerta. Solo un chileno furibundo nos amenazó con «echarnos a los quiltros». En vez de un quiltro, entre sus piernas apareció una niña que, claramente, no era suya. Al fondo, una mujer negra, cubana, supuse, parada de puntillas se mordía las uñas. El chileno prosiguió: Weones conchesumadre, por ustedes este país se está yendo a la mierda; ¿saben con quién están hablando? Soy un académico, un a-ca-dé-mi-co de la UNAM, doctor en ciencias políticas. ¡Pefecto!, celebró don Marco, añadiendo: Entonces nos vamos a entender, mire, los programas sociales del PRD… El académico no soportó la prédica bienintencionada de mi camarada. Apartó a la negrita y azotó la puerta. Fuera del edificio, pasado el desaire, me preguntó don Marco si yo, que tan intelectual era, sabía qué chingados era un quiltro. Un chucho dicho en flaite, respondí.  

Más tarde, por la noche, debíamos reportar las encuestas a la jefa de división. La señora Toledano vivía en el último piso, también mantenía a su marido y a un par de perros insoportables. Sustentaba su metro cincuenta con cigarros y Coca-Cola. Analizaba las encuestas, nos daba su visto bueno, cerraba puertas y ventanas y aprovechaba su posición de mando para hablarnos, por una hora, de su amor por el arte sacro. Después de elogiar retablos retomaba las preocupaciones del partido y nos recordaba que debíamos hacer hincapié que el PRD, y no López Obrador, había legislado a favor de las libertades sociales. Como si abortar fuera la preocupación de los viejitos desatendidos que estiraban la mano en espera de una ayuda. Después de felicitarnos por segunda vez, nos exigía aumentar las encuestas, redoblar la entrega de panfletos. Yo recibía las papeletas y me preguntaba: si lo importante era sondear el ánimo del pueblo, con qué objeto recabábamos números de teléfono y fechas de nacimiento. El virus de la candidez debe ser contagioso.

Según la señora Toledano, debíamos hacer una ronda por la mañana y otra por la tarde. Cuando oí esto y recordé que don Marco, a pesar de su síndrome metabólico, iba de Coyoacán a la Central de abastos por fruta indonesia y además rescataba gatos, decidí que haría lo posible por impedir fatigas innecesarias a mi compañero. A decir verdad, era yo quien lo tenía más fácil. Cinco mil pesos era todo lo que necesitaba, de manera que limité severamente mi compromiso con la agenda progresista. Don Marco, a cambio de diez mil, ofrecía a sus vecinos programas sociales, que iban desde medicinas hasta entrega de playeras tan guangas como las pieles de las doñas de la tercera edad que las aceptaban, lo llevaban a hacer montón en los mítines del diputado local, por la noche, en secreto, pegaba en el vecindario propaganda negra —en un tríptico se veía a López Obrador introduciendo mierda a un tambo de leche Betty, la palabra «mierda» en mayúsculas y en rojo—. Apesadumbrado por su condición y porque vivir con 1600 calorías no me daba la energía suficiente para evangelizar a los vecinos, le propuse que nos viéramos al mediodía, en su casa, a fin de rellenar las encuestas con datos falsos. Si necesitaba sentirse útil, podíamos dedicar, como máximo, una hora a dejar propaganda por debajo de las puertas. Para mi sorpresa, aceptó de inmediato.

Recibí los primeros pagos sin mayor inconveniente. Cada dos semanas, los sábados, nos citaban a las afueras de una casucha de campaña sobre el Eje 10, delante de un restaurante de pollos rostizados, muy cerca de donde yo cursé la preparatoria. Cien personas en fila india, asándose bajo el sol de la alta primavera, a la espera de un sobre con dinero. Un sacrificio menor. Eso es de lo que intentaba convencerme. Veía al resto de los evangelistas, en su mayoría señoras gordas de cuarenta años, pocos hombres, casi ningún congénere, y pensaba en la desesperación, el fervor, las convicciones, la estupidez. Don Marco no se moría de hambre porque lo mantenía su mujer y era la clase de persona que en las más abyectas circunstancias hallaría la manera de ganarse el sustento, pero ¿creía en algo? Creo en la justicia, en la igualdad, en la democracia, me dijo un día en que rellenábamos las encuestas. Es decir, no creía en nada, no pensaba, todo cuanto escupía eran lugares comunes. Su pensamiento se caracterizaba por una empatía pueril. Si de él dependiera, habría echado a andar la máquina de imprimir billetes del banco central hasta quemarla. Y no se habría quedado con un céntimo. Los buenos, los que no sospechan, hacen las mejores víctimas.

El tercer pago tardó casi un mes en llegar. Conciente de que se hallaba en un peldaño más alto que yo, don Marco, ofreció acompañarme a las oficinas del partido para hacer el reclamo correspondiente. En el acto me arrepentí de comentárselo. No se moleste, le dije, la mirada fija en las encuestas, la mano trazando nombres falsos  y números telefónicos espurios. Pero Cristian, intervino don Marco, no se vale que no te paguen. Exageré un suspiro. Le rogué concentrarse en las encuestas. Con o sin la ayuda de don Marco, yo no estaba dispuesto a protagonizar un escándalo. Mis batallas son internas. Dicho de otro modo, en mi persona confluyen un cobarde y un apático. Harto de su insistencia, dije que ni mis gritos ni los suyos cambiarían la situación. Que protestaran los profesionales del alarido, esos que los diputados acarrean de evento y en evento. Don Marco no quedó satisfecho y me amonestó: No seas dejado, Cristian. Ni pacifista ni dejado, respondí, soy un pragmático, ya verá que más temprano que tarde se van a organizar las doñas, ¿apoco cree que sacrifican su novela de la tarde por defender sus convicciones políticas?

Por aquellos días me interceptó una vecina de mi edificio. El pasado de doña Yolanda es un melodrama exquisito que no me resisto a dejar de mencionar: por años vivió de indocumentada en Puerto Rico —¡Puerto Rico!— como mucama de una familia acaudalada, y tras un idilio con el patrón finalmente la deportaron de vuelta a México. Desde entonces sobrevive como puede con trabajos ocasionales, plancha ajeno, hace mandados, es incansable. Como con Bouteto, llevábamos viviendo años en el mismo edificio y yo no estaba enterado de su existencia. El día en que me abordó, sin siquiera saludarme, me preguntó si ya me habían pagado. Me informó que la señora Toledano la había reclutado y que llevaba mucho más tiempo que yo sin cobrar. De hecho, no le habían dado ni un quinto.  Yo por lo menos tenía dos quincenas. ¿Y a tus compañeros cómo les va?, preguntó. Qué compañeros, solo tengo uno. No, son dos, Marco Antonio y otra señora. Eso sí que era una novedad. Gracias a que doña Yolanda era los ojos y los oídos del barrio supe que había una tercera involucrada que, sin hacer absolutamente nada, ni siquiera manipular encuestas, cobraba el doble que yo. Y don Marco también lo sabía, porque él le entregaba los sobres.

A medida que se acercaba la elección, se acrecentaba la histeria de la Señora Toledano, así como su consumo de Coca-Cola. Se supo que al interior del distrito había pugnas de poder y ella estaba en riesgo de perder su puesto. Un día reunió, en su apartamento, a todo su equipo de encuestadores para comunicarles que la cúpula le exigía evidencia fotográfica de que cada noche, en aquella sala, se llevaban a cabo «asambleas de estrategia». Un invento. Básicamente, mujer desesperada, la señora Toledano pretendía demostrar a la cúpula que controlaba con firmeza a su gente. Muchos se mostraron inconformes pero ella no reculó. No solo estaba en juego la permanencia del partido al frente de la delegación, próxima a ser alcaldía, amén de la reforma que sepultó el bello acrónimo DF para parir el corriente CDMX, también su puesto pendía de alfileres. En suma, un drama colectivo e individual se fraguaba entre los pellejos de la señora Toledano. Necesitaba, pues, hacer méritos a como diera lugar. No todo eran nubarrones en en su panorama. Según las encuestas que yo le entregaba y ella reportaba a la cúpula, el PRD arrasaría. 

La dirigencia, claro está, se fiaba poco de los números. El diputado del distrito, viéndose acorralado por los sondeos auténticos, emitió la orden de redoblar esfuerzos. Exigió que los «encuestadores voluntarios» lo acompañaran voluntariamente a sus eventos, y quien no fuera y no estampara su firma no cobraría el cheque final, el más cuantioso. Traté, como pude, de evitarme el incordio de participar en lo que ellos llamaban «jornadas por la democracia». El diputado aparecía cinco minutos, un grupo de mariachi o de danzón amenizaba el evento y al término de este se repartían recuerditos, boberías simbólicas, más que nada. En la que se realizó en mi unidad, de la que no pude escapar, pues la señora Toledano tenía mi número de departamento y al mediodía ya estaba azotando mi puerta, repartí sandwicheras, licuadoras, batidoras, extractores de jugos. Mi recompensa fue un míxer, así como reafirmar mis convicciones en torno a la naturaleza humana: eran cuando menos entretenidos los malabares que realizaban ancianas tullidas con tal de llevarse a casa más de un regalo. Las más decentes se formaban tres veces en la fila. A ellas, conmovido, haciéndome el don Marco, es decir el imbécil, yo las recompensaba con electrodomésticos adicionales. Las peores recurrían al acoso: se paraban frente al camión de los electrodomésticos, golpeaban los cristales del vehículo con sus bastones y el suelo con sus andaderas; pretextaban dolores reumáticos con tal de no hacer fila y recoger sus bienes. Hacia el final del evento, quedé solo en la cancha de básquetbol de mi unidad con la señora Toledano. El engendro no paraba de sacudir la cabeza, sorber una lata vacía y dar caladas a sus cigarros. Se le veía más cadavérica y acartonada que de costumbre pese a que el evento, en términos de asistencia neta, había sido un éxito. Rucas aprovechadas, reflexionó una vez que, resignada, aceptó para sus adentros que ella, en calidad de jefa de sección, tendría que rendir cuentas al diputado. Explicar, de un modo coherente, cómo fue posible que criaturas de la tercera edad asaltaran la camioneta donde se guardaban los electrodomésticos.

También se repartían despensas, pero en este punto prefiero no extenderme: es un lugar común. Se entregaban en horas no laborales, después de la puesta del sol. Iban a nombre de la delegación y no del partido —desde luego, la delegación era controlada por el partido—. Arroz, frijol, avena, atún, aceite vegetal, eso era todo. No llevaban propaganda ni dinero en efectivo —cómo contendrían una Sor Juana si los evangelistas llevábamos un mes sin percibir ni siquiera un Morelos—. A propósito de las fechorías nocturnas, a dos semanas de los comicios la Operación Propaganda Negra dejó de ser secreto. La señora Toledano entregó a los encuestadores paquetes de volantes, carteles y afiches, a cada cual más vulgar. Pretendía que nos reuniéramos a medianoche, los introdujéramos en las puertas de los departamentos, los pegáramos en los muros. Llegué a mi límite, no así mi compañero. 

No participé de la campaña negra ni de las jornadas y de todas formas recibí el resto del dinero el viernes anterior a las elecciones. Tal como lo preví, los expertos del escándalo se organizaron frente a la casucha del Eje 10 para exigir el último pago. Amenazaron con votar por el nuevo partido de López Obrador. Mágicamente, la caja se llenó de fondos y todos recibimos la compensación final, incluida la señora desconocida a quien don Marco le entregaba los sobres.

La señora Toledano, creyéndose por encima de los billetes de quinientos, ordenó a sus encuestadores llevar a las urnas por lo menos a diez personas. Don Marco llevó a veinte. Yo a ninguno. No voté. Me encerré en casa, preparé una ensalada con el atún de las despensas del partido, llevé los platos a mi escritorio y, entregado al disfrute de las animaciones niponas, juré desentenderme para siempre de la democracia.

2

Lo pensé muy poco cuando la señora Toledano tocó a mi puerta y me ofreció unirme a su equipo de encuestadores. No me molestaré en fingir ingenuidad: siempre supe a qué se dedicaba ese engendro de metro y medio. Podría decir: me infiltré al fango para un día mostrar la pestilencia del sistema de partidos; pretendí desmantelar al enemigo desde sus propias entrañas, como quisieron hacer mis compañeros anarcocapitalistas el día en que propusieron crear un partido —que no llegó a nada, como no llegó a ningún sitio mi indagación en las cloacas de la democracia—; el espíritu de Ayn Rand, beneficiaria de la seguridad social, me poseyó con la misma intensidad con que lo hizo el día en que apliqué para ingresar a la universidad pública. Excusas patéticas para encubrir el oportunismo.
No han sido pocas las veces en que se ha cuestionado a los libertarios el uso de los servicios del Estado. Por lo general, se responde con cinismo: ni modo que uno levite con tal de no pisar el asfalto que colocó el gobierno. Quizá la contestación se articule de un modo más sofisticado. No recuerdo. Nunca consideré que mereciera la pena el desgaste de hallar el ángulo digno a un acto de rapiña. Cada acto humano es el resultado de un análisis de costo beneficio, y en esos momentos, honrado sean Mises y la teoría subjetiva, valoré más lo que recibía a cambio que lo que otorgaba. Quería y necesitaba el dinero que la señora Toledano ponía a mi disposición. De todas formas, ya en mi etapa liberal me había deslindado de la democracia e incluso llegué a manifestarme a favor de la venta de votos. ¿Es que acaso hay coacción en un acuerdo comercial entre dos partes? El único impedimento sería ético. Lo cual, a mi juicio, es si cabe más preocupante: el que ve en el sufragio algo supremo eleva la democracia al nivel de la fe. No es así: el voto no es sagrado. Se trata, en el mejor de los casos, de una opción que se les otorga a los ciudadanos. Comerciar libremente con el voto no debería ser más alarmante que pagar por una prostituta. En comparación, según se lo vea, lo que hice —rellenar encuestas con datos falsos, estampar firmas, repartir más licuadoras de las asignadas a las viejas oportunistas, cobrar por prestar mi tiempo— fue menos heroico o canallesco que contribuir con mi voto a la victoria de un candidato. O pagar por una puta.

¿Volvería a hacer lo mismo? La respuesta está al inicio del relato. Cada vez que nos encontramos, don Marco no pierde la oportunidad de preguntar por qué, si tengo la necesidad —traducción: si sigo desempleado, como él continúa de mantenido— dejé de contribuir al partido. Se mantiene tan fiel, como de costumbre, a sus jefes, no a la ideología. Me ofrece playeras autografiadas por futbolistas devenidos en políticos, despensas, y lo más importante: interceder por mí ante la señora Toledano. Hoy en día valoro mi tiempo y desprecio más el juego democrático que hace dos años. Mi pesimismo ha crecido a una tasa similar. Desperdicié la decencia que me quedaba en querer hacerle entender al bueno y tonto de don Marco que la gente se aprovechaba de él, que incluso yo lo hice al convencerlo de que la recolección honesta de encuestas no valía la pena. No hay remedio, don Marco o es un bruto redomado o su fe en el partido es infinita.

Como he dicho, por largo tiempo evité este relato. Es mucho lo que me desagrada. No es, desde luego, la dignidad el asunto toral de mis tribulaciones: la decencia la perdí cuando acepté el subsidio, quizá mucho antes. Además del miedo al tropo —tontos bonachones, políticos sin escrúpulos, libertarios en universidades públicas— es un temor pusilánime a la sinceridad, a derrumbar la última de mis creencias románticas. Pienso en Boutet, en don Marco y me siento a las puertas de decretar que, no importa cuánto se argumente a favor del individuo y con qué elocuencia se haga, la servidumbre parece ser el destino genético de muchos. Si esto es cierto, entonces malgasté más de una década. 

He mencionado ya que por un tiempo coqueteé con la socialdemocracia. Sumarme al espíritu progresista, cantar alabanzas a la libertad individual —social, nunca económica—, propagar la superioridad de lo inmanente, el aquí y el ahora y las necesidades de los tiempos, frente a las pretensiones de permanencia e inmovilidad que caracterizaban al espíritu conservador, eran, a mi entender, planteamientos y exigencias mínimos de todo adolescente acuciado por sus imperativos morales. Se nace para derribar catedrales, no para admirarlas. Tal era el corazón de mis creencias.

Me crié en el seno de una familia poco militante pero incapaz de la inopia. Padre idealista, convencido de la bondad humana; madre vociferante, coleccionista de playeras del subcomandante Marcos y Ernesto Guevara. Los mayores me aleccionaban poco, convencidos de que yo debía ser quien llegara a sus propias conclusiones. Esto supone un riesgo, toda vez que el infante puede defraudar a los padres o montarse al barco de la indiferencia. Mi defecto es el contrario, interesarme por más de lo que puedo abarcar, aburrirme pronto del conocimiento, arañar superficies antes que desenterrar las claves. La curiosidad desbordada es una idea amable hasta que el egresado de la licenciatura en economía decide que no está dispuesto a esclavizarse al servicio social sin paga como trámites para recibir un título. Sospecho que el gusto por disciplinas disímbolas es producto, exacerbado hasta al absurdo, de una herencia genética: la biblioteca de mi padre es una bestia deshilvanada en la que conviven textos de economía política junto con tratados de meditación trascendental. Visto bajo esa luz, no sorprende la disonancia de mi nombre indio pegado a un par de apellidos castizos, ni el que yo me sintiera atraído por aquellas repisas superiores donde reposaban los mamotretos de Karl Marx, Gramsci, Dostoievsky, Deepak Chopra… Afortunadamente, abandoné el orientalismo después de que en la preparatoria una maestra de historia, porfirista hasta la médula, a quien apodábamos la Maya Galáctica —decía que la raza maya venía de las Pléyades— intentara convencerme de que yo había sido, en una de mis vidas pasadas, un tecnócrata en el continente perdido de Lemuria. Para curarme de la socialdemocracia hizo falta un estallido social. En la primaria se me consideraba un niño politizado, defendía, sin tener mucha idea del porqué, a Cuauhtémoc Cárdenas, presumía de estar conectado con el zapatismo —las playeras del subcomandate no eran casualidad, en la casa de uno de mi abuelo materno, chiapaneco, se escondieron armas para la rebelión frustrada—, mi mayor honor fue ganarme una suspensión de tres días por negarme, mentada de madre de por medio, a recitar un poema a Benito Juárez. En la adolescencia ya robaba la máquina de escribir de mi director para garrapatear mis primeras ficciones y vivía con la misma intensidad el descubrimiento del metal que los procesos políticos. En aquel momento, la novedad era el desafuero de López Obrador. Pensé, como todos los descerebrados —yo era uno de ellos; el lóbulo frontal no termina de desarrollarse hasta la veintena—, que aquel sujeto que reunía a la prensa a las siete de la mañana para rendir sus informe diario de gobierno era una víctima. La empatía me duró más bien poco. Fue una reacción visceral: ver de cerca y de lejos el comportamiento de rebaño de sus seguidores me llenó de repugnancia. Aprendí, por vez primera, el valor de la sinceridad: no hay virtud en fingir aprecio por aquello que a uno por instinto le repugna. Desde luego, recién autoexiliado de la socialdemocracia pero relativista al fin y al cabo, convencido de la absoluta plasticidad del cerebro, de la idea de la tabla rasa, creía que era posible convencer a los integrantes del rebaño de su individualidad. 

Descubrí a Milton Friedman, me convencí de su visión particular de la economía, al cabo de un año lo rechacé y me alineé con la visión austriaca. Sin embargo, pese a que lo atacaba ferozmente e incluso planeaba hacer una carrera académica corrigiendo su liberalismo social y económico, nunca dejé respetarlo. Esto me granjeó no pocos conflictos en las entrañas del movimiento libertario, secuestrado por anarcos que encendían incienso a von Mises y a Rothbard. A pesar de su insignificancia, apariencia de tortuga y su cara libresca, Milton Friedman poseía el carisma del que carecían economistas y pensadores más afilados que él. No hay duda de que, página por página, la obra de Ludwig von Mises y la de Hayek son más elocuentes y desentrañan mejor los aspectos del actuar humano que los textos de su colega de Chicago. Pero ninguno de ellos fue tan carismático ni contribuyó en la misma medida a la transmisión del pensamiento liberal al gran público. Mises y Hayek escribieron para las aulas, Friedman para los auditorios. Era un auténtico intelectual, justo como lo soñaba Gramsci: su discurso, antes que letra muerta en un papel o grandes pero estériles ideas, era un instrumento para la transformación del discurso de masas. 

En la cumbre de mi arrogancia, pensé que, en tanto que individuo más o menos competente para la elaboración de textos, era mi obligación moral poner mi pluma y acciones al servicio de los hombres esclavizados por el atavismo igualitarista. Era, en suma, un utopista, un fatal arrogante: asumí que si yo había tragado la píldora roja y despertado de la pesadilla de la igualdad, todos podían seguir mi ejemplo, pero antes debía mostrarles el sendero. Por lo tanto, ellos, los obnubilados, harían bien en leerme. 

Hoy soy un trágico humilde y agotado: que abra los ojos el que pueda, que cada quien sobreviva y halle la felicidad como le sea posible, y si mis textos sirven de algo, en hora buena. Cuando el mundo tiene a un Agustín Laje, los Avendaño se pueden retirar a planear la escritura de novelas que, sin falla, degeneran siempre en anécdotas de autoficción. 

3

Ya que la novela y el poema se niegan a escribirse, he decidido, por lo pronto, honrar la memoria de Mishima. De hecho, regresaba de una sesión de levantamiento de pesas cuando vi la procesión de playeras amarillas. A menudo don Marco me invitaba al estadio de Ciudad Universitaria y yo le respondía que no me interesaba el fútbol. O le apenaba verme solo y no sabía cómo animarme o es que encontraba inconcebible que un chilango no disfrutara del deporte nacional. El fútbol reune tres aspectos que detesto: el trabajo en equipo, los pantalones cortos y la actividad aeróbica. En la infancia y en la pubertad fui un cetáceo más o menos hábil: a pesar del sobrepeso nadaba largas distancias y aguantaba la respiración mejor nadie. De modo que no soy ajeno a la actividad. Esa noche, atrapados entre los autos, escondidos del engendro de medio metro, le recordé a don Marco mi apatía por el fútbol, por la democracia y le comenté mis planes de tomar Palacio Nacional. Pero antes debía construir un cuerpo respetable y para ello lo mínimo era ponerle cuando menos tres discos a la barra con la que se hacen las sentadillas. Tarea difícil para un herniado de 1.68. Solo después tomaría por asalto Palacio Nacional y, desde el balcón donde el presidente ondea la bandera cada 15 de septiembre, azuzaría al ejército y pediría la restauración de la monarquía de los Habsburgo o, en su defecto, una nueva dinastía inspirada en la autoridad, pero no en los sueños ilustrados, de don Porfirio. Después, al no encontrar eco, pues para desgracia del culturista reaccionario la democracia no morirá pronto, me sentaré en posición de seiza y me rajaré el vientre.

¿Le interesaría tener el honor de decapitarme, don Marco?

No juegues, respondió. Y yo, suspirando, pensé que quizá podría convencer a Boutet de ser mi kaishakunin. Con suerte a mi viejo seguidor le temblaría menos la mano que al cavernario que mal serruchó la cabeza de Mishima. Don Marco apretó mi glorioso bíceps de 31 centímetros, me golpeó el pecho tres veces con el dorso de la mano y se remontó a sus épocas de instructor de buceo. Recordó mis hernias discales y me prometió buscar un buen terapeuta. Aquello era típico de él, ofrecerme más de lo que yo estaba dispuesto o interesado a recibir. ¿Entonces ya no quieres trabajar para Toledano?, preguntó de pronto. ¿Le parezco un demócrata, don Marco? Mi excamarada sacudió su bigote de morsa. ¿A poco no vas a votar, canijo?, preguntó, genuinamente contrariado. Me recordó al director de la secundaria. Cuando supo que robé su máquina de escribir, su mejor reclamo fue decirme: Con razón eres PRDista.

Mi último acto en calidad de demócrata fue en 2012. Acepté ser funcionario de casilla junto con la señora Toledano. Como corrupta era una imbécil: nada me costó detectar el momento en que intentó hacer pasar unos votos anulados, quizá el mío, en favor de López Obrador. No habría servido de nada. Cuando se aplacaron mis gritos justicieros y por fin pegamos las papeleteas en el edificio, el IFE ya había anunciado la victoria de Peña Nieto. Debió quedarse con la impresión errónea de que yo era un muchacho comprometido y es por ello que solo tres años después me invitaba a sumarme a su equipo de encuestadores. Desde entonces he aprendido que contra la democracia las únicas protestas posibles son la acción directa y el silencio. Tomar Palacio Nacional, pedir la restauración de la monarquía y luego suicidarme carece de méritos en el contexto mexicano; quizá serviría de base para un cuento satírico, pero por lo visto he echado a perder el posible texto contando por adelanto el chiste, de modo que la novela del Mishima el mexa jamás se escribirá y si llega el día en que mis lumbares herniadas consigan soportar al menos dos discos y medio, será por exaltación a mi ego. Ya que carezco de los medios y del optimismo para subvertir por cuenta propia a la democracia mexicana, he resuelto permanecer al margen de ella. Por definición, la vida en democracia reclama que el ciudadano participe. Esto, a mi modo de ver, es hacerle un favor, legitimarla. Por eso no anularé más mi voto como venía haciendo, ya que tachar la boleta y entintarse el pulgar es una forma de aceptar el sistema. Por los mismo motivos no he hecho comentario alguno acerca del actual proceso.

Hablar de literatura es quizá tan poco productivo como mantenerse en la sombra, pero sin duda resulta menos agobiante. Ahora que he dejado de interesarme por las novedades del mundo me agrada más lo que leo. Comienzo a entender la actitud que en mi adolescencia encontraba pedante: la supremacía del autor muerto frente al vivo. En 1909 Natsume Soseki publicaba Sorekara (Y entonces), segunda parte de la trilogía con que explora las implicaciones del arribo traumático de la modernidad occidental a su país. Si en su predecesora, Sanshiro, se narraba el periplo emocional de un joven de provincias que al llegar a la Universidad de Tokio será testigo de los cambios de la sociedad tradicional, Sorekara nos presenta a un treintañero tokiota acomodado que, habiéndose graduado, ha renunciado al trabajo, así como al disfrute de sus pasiones: Daisuke dedica la mayor parte de su tiempo a cultivar la inmovilidad, lee novelas occidentales, se asoma a su jardín, pasea por Tokio, se limita a recibir el dinero que su padre le entrega mes con mes; simplemente sobrevive. Un día se reencuentra con un viejo amigo, hombre caído en desgracia que vive para trabajar. Esta situación propicia un debate. Daisuke argumenta que el estado del Japón contemporáneo es de una decadencia espiritual. «Intenta hablar con la gente. Normalmente son todos estúpidos. No han pensado nunca en nada más que en sí mimos, el día en el que viven, el instante preciso en que lo hacen. Están demasiado exhaustos para pensar en otra cosa y no es culpa suya. Y eso no es todo. El declive moral también se ha instalado entre nosotros. Mires donde mires en este país, no encontrarás ni un solo rincón glorioso, brillante. Por mucho que diga o haga, ¿cuál sería la diferencia con ese panorama?». De este modo, la desidia de Daisuke es una acción política: no está en sus intenciones ser partícipe de una sociedad en declive. Y así como ha desistido de servir al Japón moderno, no tiene interés en crear en escuela. No hay nada ni nadie que valga la pena ser rescatado. «Tratar de convencer a la gente y ponerlos de mi parte es algo que, sencillamente, no puedo hacer». Así pues, «la sociedad contemporánea en la que vivía, en la que ningún ser humano podía mantener contacto con otro sin despreciarle, constituía lo que Daisuke llamaba la perversión del siglo XX». Por otro lado, no es la inacción del protagonista la protesta que, contra el presente, ejerce un espíritu melancólico cuyo más ferviente deseo es reconquistar la gloria de una época sepultada. Al negarse, repetidas veces, a cumplir con los deberes familiares, contraer matrimonio y enarbolar los valores tradicionales, Daisuke, quien habrá de perder los favores de su padre y será desconocido como hijo, muestra su apatía ante dos visiones que le resultan deplorables. Su figura, por tanto, engloba el predicamento del vacío. Y si bien la resistencia de Daisuke no es heroica, no por ello es menos trascendente. ¿Cómo se opone un hombre al ejercicio de valores que aborrece, cómo hace frente a la sociedad que los pregona? Los deslegitima en la medida en que deja de ser funcional a ella. Con el abandono de su ser y sus deseos, Daisuke parece indicarnos que, en la medida en que un solo hombre no puede luchar contra su tiempo, todo combate personal es absurdo y lo único que resta es el alejamiento.

Conclusión: cuando no se puede ser Agustín Laje o Yukio Mishima, la mejor opción es volverse un Daisuke. Esto pareció entenderlo don Marco, quien antes de despedirse, mirándome de arriba a abajo, preguntó con la misma incredulidad con que yo veo a la democracia: ¿De verdad vienes de hacer ejercicio? Obvio que no, respondí. Vengo de la librería.

4

He mentido. Sí salí de mi casa el día de las elecciones legislativas. El cómputo de las casillas del distrito era contundente: mis encuestas habían mentido, el partido fue arrasado. La señora Toledano lloraba de la rabia. Me abrazó. Depositó en mis oídos un sollozo: Se hizo lo que se pudo, gracias, pero no fue suficiente. Se retiró, presintiendo lo peor. La removerían de su puesto y en su lugar colocarían a otra persona. En cuanto a mí, no puedo decir que me alegrara. La derrota del PRD suponía el ascenso de una izquierda aún más cavernaria. Nada de lo que yo hubiera hecho habría impedido el resultado. Como tal, debía velar por mis intereses individuales, aprovechar la oportunidad de una paga fácil, jugar mi parte, no interesarme por lo que ocurriera en las urnas, destinar los cinco mil pesos al alivio de los clamores estéticos y afectivos de mi alma degenerada. 

Yuigahama Yui, vales más que el liberalismo y la democracia.





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