Mario Santiago Papasquiaro o la vanguardia no significa nada cuando la poesía es mala

Los poemas de Mario Santiago Papasquiaro son, como mucho, una muy extraña curiosidad antropológica de nuestros convulsos tiempos. Uno se pregunta por qué algo tan decididamente malo ha logrado cierto estatus de culto. Después uno recuerda el nombre clave que yace detrás del poquito reconocimiento que este chilango tiene: Roberto Bolaño, quien no dejaba de encumbrar a su gran amigo mexicano y que hasta le regaló un personaje (Ulises Lima) en una novela fundamental como lo es Los detectives salvajes. Decía Bolaño, rebosante de su bromance son su amigo, que el autor del recientemente publicado Arte & Basura era el mejor poeta que había conocido. Todo esto, si no tomamos en cuenta lan  nostalgia del chileno, es una mentira monumental: este tipo debe ser el peor poeta que ha nacido en estas tierras y uno de los más infames a nivel universal. Su figura, si tenemos que alojarla en la memoria colectiva como un castigo por todos los crímenes de la humanidad, es ya un arquetipo de todo lo caricaturesco del poetastro que cree que está revolucionando algo y que no es diferente al niño que, mientras mienta madres, cree que está ejerciendo un acto de insurrección supremo.


Basta con revisar la antología que la gente de Almadía sacó hace poco. La edición, huelga decirlo, es excelente, como ya nos tienen acostumbrados. Uno puede encontrar fotos de los originales del amigo de Bolaño. Uno de los más significativos, y que remiten a uno de los pasajes más memorables de Los detectives salvajes, cuando Ulises Lima persigue a una mujer hasta Israel, es un intento de poema escrito sobre un ticket que tiene letras hebreas impresas. El valor arqueológico y fetichista de este libro es importante, pero solo eso: el resto, en efecto, es basura. Por ejemplo, en un momento paroxístico, en pleno afflatus divino, el sublime amigo de Bolaño nos dice:

Chinga su ma
Suma chin ga
Put/ah su:má
¡Putah!...S...UUU...Mah

Poesía francesa me pelas la verga

Más allá de los dos minutos de diversión que estos versos le procuraron al amigo de Bolaño, la reiteración de esta clase de textos ininteligibles, absurdos y seudocontestatarios nos recuerdan que la transgresión por sí misma es solo útil para que alguien se burle de ella. Sin embargo, en un arranque de lucidez, el amigo de Bolaño escribió: A la poesía que la salve su chingada madre. Yo ya me cansé. Quizá él se reconocía como lo que era. Algo que parece recordarnos Juan Villoro cuando cuenta que en los talleres literarios el amigo de Bolaño les decía a los que gustaban de sus poemas "pues qué pendejo estás". Si ya desde un principio estos textos no estuvieron hechos para que alguien los encontrara bellos, mucho más patético resulta cuando muchos jovencitos ochenteros se reúnen frente a la tumba del amigo de Bolaño para escupir estos versos e intentar revivir el legado estéril del infrarrealismo. 

En una nota adicional, no deja de ser curioso que, al ser el amigo de Bolaño un intento de poeta antiinstitucional, el prólogo lo escriba Luis Felipe Fabre, escritor de mediana categoría entre cuyos méritos se encuentra el haber sido sido jurado del premio Elías Nandino, en el que, oh sorpresas de la vida, ganó cierto poeta joven al que ya le había prologado varios textos y cuya poesía conocía más que de sobra.

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